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el charco hondo

Los zapatos del vecino

Los actores principales de la ficción independentista están obligados a reescribir el guion de las próximas horas, semanas y meses

Los actores principales de la ficción independentista están obligados a reescribir el guion de las próximas horas, semanas y meses. La herida del primero de octubre, fecha ya incorporada al relato histórico-emocional de los separatistas, dará alas por los siglos electorales de los siglos a las marcas independentistas; partidos e interlocutores que, desnudados estos días por la dictadura financiera, deben ahora cuidarse de no ser arrollados por la decepción a la que han arrastrado a cientos de miles de catalanes que, burlados, les compraron una expectativa irrealizable. Cala la sospecha de que si durante cuatro o cinco años no se construyó la solución fue porque ambas partes, competentes incompetentes, calcularon crecer al calor del problema. Bajo el colosal fracaso que ha dejado en ridículo al país entero late, camuflado, el éxito de los separatismos catalán y español. Como apunta con acierto Lluís Bassets, el triunfo de ambos separatismos, esta incapacidad para ponernos en los zapatos del vecino, ha sembrado una destrucción tan gigantesca como generacional. El destrozo animaba a que este último fin de semana una marea de ciudadanos saliera en defensa de la Constitución, de la legalidad, y no tanto de la españolidad. Más Qué viva la Constitución, y bastante menos Qué viva España. Sería un síntoma de madurez e inteligencia (de integración, en definitiva) que de los balcones del resto del país cuelguen banderas catalanas; pero, tampoco. Después de años de silencio cómplice, los grandes operadores económicos han salido del armario independentista. Por la cuenta que les trae (cuenta corriente, se sobreentiende) un ejército de ciudadanos de a pie desconectará, sí, pero no de España, sino de la farsa del proceso. Por la cuenta que nos trae, no caigamos en el error de dejarnos envolver en una guerra de banderas y exaltaciones patrióticas; de aquí solo se sale abriendo las puertas a reformas y cambios legislativos que debieron iniciarse hace años. El inmovilismo es parte del problema. La Constitución se defiende reformándola. Reducirlo todo a espasmos futbolísticos no es el camino. La salida se construye aprendiendo a ponernos en los zapatos del vecino.

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