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Yo pensé que eran otra cosa

De verdad, yo pensé que los catalanes eran otra cosa. Aunque sigo pensando que una mayoría de ellos son personas cabales y sensatas

De verdad, yo pensé que los catalanes eran otra cosa. Aunque sigo pensando que una mayoría de ellos son personas cabales y sensatas. Basar una declaración de independencia en una ley declarada ilegal y en un referéndum con urnas que parecían fregonas chinas y que estaban llenas de votos antes de llegar a las mesas, un referéndum en el que hubo personas que votaron cinco y seis veces y también más votantes que los reflejados en el censo es un disparate, un desatino. Parece más una locura colectiva. Puigdemont es el tonto útil de Junqueras y de Romeva y de Mas, que seguramente irán con él a la cárcel y compartirán la celda con el de la extraña melena. Tendrán que cumplir prisión porque -al menos tres de ellos- han cometido delito de rebeldía. Lo mismo le ocurrirá a la presidenta del Parlamento del perfil audaz, Forcadell. Pero Junqueras y Romeva y Mas, que son también los autores intelectuales del desatino, no se irán de rositas. Y si Pujol, el cuarto, va al talego, será por ladrón, no por rebelde. Lo de Cataluña es un ridículo repetido; ya lo intentó Companys en la II República. El Gobierno de España, aplicando el artículo 155 de la Constitución, ha destituido al Gobierno, ha disuelto al Parlamento, ha intervenido los Mossos y dejará el control de la televisión catalana al Parlamento o a la Junta Electoral. Y ha convocado elecciones para el 21 de diciembre. Quien más trabajo va a tener es la Fiscalía, que ya prepara querellas por delitos extremadamente graves, penados hasta con 25 años de prisión. Cuando Puigdemont salga de la mazmorra se parecerá al Tragamirindas. Qué digo de Junqueras, saldrá como una sílfide. Yo pensé que los catalanes que se dedicaban a la política eran más serios, pero muchos de ellos no sólo robaban y aceptaban sobornos, sino que ejercen la política como auténticos lerdos. Pues que lo paguen.

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