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El triste papel de la Iglesia católica

Es de antología el papel de una parte de la Iglesia católica en Cataluña, utilizando cientos de curas los púlpitos para hacer proselitismo político y las sacristías para guardar unas urnas que parecen fregonas chinas y papeletas del fallido referéndum

Es de antología el papel de una parte de la Iglesia católica en Cataluña, utilizando cientos de curas los púlpitos para hacer proselitismo político y las sacristías para guardar unas urnas que parecen fregonas chinas y papeletas del fallido referéndum. ¿Saben acaso a quiénes están protegiendo? A los herederos de los que quemaron conventos en la guerra civil, violaron monjas, fusilaron sacerdotes y sembraron la angustia en la sociedad catalana: a los anarquistas, que son una parte de los que promueven la independencia y proclaman la desobediencia a los tribunales. La crisis de la propia Iglesia española -ausencia de vocaciones casi absoluta- hace que los obispos de la Conferencia Episcopal hayan sido tan tibios condenando lo que allí ha pasado, porque temen perder efectivos. Pues a los obispos hay que decirles que el golpe de Estado en Cataluña lo ha promovido la burguesía local, la antigua CiU, entre otros, para librar de la cárcel a sinvergüenzas como los Pujol, que han robado al pueblo a manos llenas. Si este es su modelo de la caridad cristiana, que baje Dios -si es que existe- y lo vea. Los de la CUP, los anarquistas, son una especie de víctimas ciegas, como ocurrió en la guerra civil, los brazos ejecutores de los ricos para montar las algaradas que ellos no se atreven a organizar; y muchos curas, de cómplices. Guárdenme un cachorro de este clero aficionado a la política, que olvida la historia. España, como buen país de vaivenes y de idiotas, va del rigor asesino de la Inquisición al liberalismo fuera de tono de los eclesiásticos; y en Cataluña lo mismo te encuentras a Torquemada que a un fraile trabucaire de Montserrat. Esta es la triste realidad que está viviendo una Iglesia desnortada y analfabeta funcional. Da pena oír lo que se escucha en los púlpitos: discursos desabridos y huecos, cuando no -como en Cataluña- incendiarios.

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