La madrugada del día 19 al 20 estaba ya acostado, viendo un largometraje de las chicas de Sexo en Nueva York en Dubái, sin prestarle interés, la verdad, cuando sentí unas ganas tremendas de hablar con alguien, no sé de qué, probablemente de lo que está pasando en mi país. Había escuchado al estúpido de Guardiola en un telediario, aprovechando una rueda de prensa, tras un partido del City en la Champions, para hacer apología del separatismo catalán y hablar de sus “presos políticos”. Claro, tiene a su hermana enchufada en la “embajada” catalana en Noruega, con un sueldo de 70.000 euros al año. Había seguido las tertulias que daban a entender temor de Rajoy a aplicar el artículo 155 y estrategias varias de Puigdemont, entre ellas declarar la independencia y convocar elecciones al mismo tiempo. Me sentí como un pulpo en un garaje, pero lo que es más grave: me di cuenta de que no tenía con quién hablar, y mucho menos a esas horas. Me vi solo, terriblemente solo, con Mini, mi perrita, durmiendo en su cama, tras un día que habíamos pasado, hora tras hora, juntos. Tengo la jodida sensación de que ya nadie me hace caso, de que estoy perdiendo el tiempo y de que este periodismo amateur y medio camp no me lleva a ninguna parte. Es decir, sufro una crisis, puede que de país, y no sé cómo salir de ella. Y lo peor es que quienes me pueden aconsejar no lo hacen: unos pasan de todo, a otros no les interesa lo más mínimo lo que ocurre en España, ni siquiera los 14.000 millones del PIB que perderemos este año por culpa de los putos secesionistas catalanes; y otros han muerto. Y quienes están preocupados, como yo, por los sucesos de Cataluña, disfrutan de gente a su lado con la que desahogarse. Yo sólo tengo a Mini.
Yo solo tengo a Mini
La madrugada del día 19 al 20 estaba ya acostado, viendo un largometraje de las chicas de Sexo en Nueva York en Dubái, sin prestarle interés, la verdad, cuando sentí unas ganas tremendas de hablar con alguien, no sé de qué, probablemente de lo que está pasando en mi país.

