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Hombres en el mar

En Roma, un sacerdote vestido de blanco reza sin parar por 44 compatriotas atrapados en el fondo del mar, dentro de un submarino que ha perdido la capacidad de emerger. El hombre vestido de blanco, representante de Dios en la Tierra, no tiene fuerzas, con sus oraciones ni con su autoridad, para salvar la vida de unos hombres cuyo oxígeno se agota. Pero él no pierde la fe. Tiene que ser muy triste tener tanto poder, incluso divino, y que no sirva para nada; yo no lo soportaría. Pobre gente esa, metida en su barco que no puede navegar, a no sé cuántos metros debajo de la superficie del mar, perdido el oxígeno y casi toda esperanza de sobrevivir. Me solidarizo con ellos, con sus familias, con el pueblo argentino y con el sacerdote vestido de blanco, máximo pastor de la Iglesia que reza en Roma, quizá albergando alguna esperanza, un milagro que no acaba de llegar. Estando en el colegio, un sacerdote, luego exclaustrado porque perdió la fe, me dijo: “Dios siempre nos está tomando el pelo; cuando se cure el cáncer nos mandará otra enfermedad. Siempre nos está poniendo a prueba”. El sacerdote vestido de blanco de Roma no se pregunta, como me pregunto yo, que si el Señor es infinitamente bueno, sabio y poderoso, como decía el catecismo, por qué no saca a esos hombres del mar y les evita el sufrimiento de morir, ahogados por la falta de oxígeno con el que respirar. Quieren que creamos en un ser superior justo cuando el mundo es una tragedia, desde sus comienzos. Tanta tragedia que ese Dios tuvo que mandar a su hijo para que lo salvara. Pero se hizo hombre, se enamoró, sufrió como los demás y se contagió con la enfermedad del mundo. Aburrido y maltrecho, regresó al Cielo. Como los marineros argentinos, a pesar de las preces del hombre vestido de blanco.

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