Juvenal Troncoso se ganaba la vida escribiendo tesis doctorales por encargo. Investigaba en las bibliotecas y luego, por simple travesura, cambiaba la historia. Así que reinventó varios episodios de ella que confundieron, o más bien engañaron, a los estudiosos que integraban los tribunales. Pero estaba todo tan bien hilvanado que siempre se daban por buenas las conclusiones del opositor. Todo era falso, incluso una parte de la bibliografía. Ya se sabe que los miembros de los tribunales académicos no se molestan casi nunca en acudir a las fuentes, ni tampoco a comprobar con interés los datos que se citan. Compuso tantas piezas maestras Troncoso que hasta la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos solicitó a las universidades algunas de sus tesis para microfilmarlas.
Así, se pueden encontrar en esa y en otras bibliotecas textos como Colón jamás estuvo en Canaria y Humboldt donde se arrodilló fue en Tejeda. También desmontó la pesadísima estancia de Agatha Christie en el Puerto de la Cruz, pueblo en el que nunca puso un pie. Qué decir del coñazo de la batalla de Nelson, que se desarrolló en las costas de Garachico, no en Santa Cruz. Y las Milicias Canarias eran, para Troncoso, una panda de indocumentados con arcabuces de la conquista que disparaban hacia atrás y causaban bajas en sus propios usuarios. Se fue entusiasmando tanto Troncoso con sus trampas académicas que, incluso, se atrevió a afirmar que la canción Un ramito de violetas se la había dedicado Cecilia a un opositor, escribiéndola en un plis/plas durante la visita de éste a la casa de la malograda cantante. Juvenal Troncoso, y quien le pagaba la tesis, fueron descubiertos por don Servando Roca, un viejo zorro de la docencia, que lo había leído todo.
Era demasiado calificar de culta, de limpia y de patriota a Anna Gabriel. Al opositor sólo le dieron notable y Juvenal Troncoso pena en Soto del Real.

