Dicen que las luces de Navidad llaman al consumo. Y a nuestro mercado le hace falta consumo. Tengo que felicitar a Ambrosio Jiménez Naranjo por la iluminación del centro comercial El Trompo, que parece un ascua de luz en medio de un Valle semioscuro por necesidades del guion de la observación del cielo. Ha logrado, con luces de led, que el centro comercial resplandezca y destaque; y sus tiendas se ven más animadas que nunca, al calor de ese trompo de Pedro González que da nombre al recinto. En Londres, el encendido de cada Navidad en Regent Street es un acontecimiento; no digamos en Nueva York: aquí las fiestas comienzan a encenderse cuando se ilumina el mato del Rockefeller Center y se corren las cortinas de los escaparates de Saks. Entonces los niños comienzan a escribir las cartas a Santa Claus. Todo eso lo echo de menos, ya no lo vivo, pero ahora, sentado en el kiosco de El Trompo, veo que aquí también se pueden hacer las cosas muy dignamente. Este gran escaparate brilla en la oscuridad de la tarde con una fuerza infinita y le hace recordar a uno glorias mundanas pasadas que ya no volverán. ¿Para qué, si las tengo aquí? Cada puntito de luz es una estrella de estas fiestas que comienzan cada vez más pronto, porque el mundo, en su aturrullamiento, necesita de rayos de esperanza, de rayos de luz, para sobrevivir. Así que muy bien por El Trompo y por su resplandor infinito, encendido al atardecer como el anuncio de algo nuevo, de algo bueno. Como una ausencia de tristezas. Como una llamada a la concordia de la Navidad que no por ser efímera es menos importante en estos tiempos tan convulsos. Esto les quería decir hoy.
