superconfidencial

Puigdemont y los mejillones

Se ha sentado Puigdemont en los aledaños de la Grand Place, en esas callejas llenas de restaurantes donde sirven -dicen- los mejillones más sabrosos del mundo

Se ha sentado Puigdemont en los aledaños de la Grand Place, en esas callejas llenas de restaurantes donde sirven -dicen- los mejillones más sabrosos del mundo. Yo puedo dar fe de ello, pues a lo largo de mis viajes a la capital de Europa me he zampado unas cuantas docenas. Puigdemont, de sobrenombre el Cobarde, como el personaje de la canción de Víctor Manuel, sigue con los mismos zapatones, parecidos a los de Diego Simeone, y el viejo traje negro que le da pinta de enterrador de película del Oeste. No le falta sino el sombrero de copa. Sus compañeros de fatigas independentistas están ya en el talego, como es preceptivo, y él ha huido como las ratas, pero volverá, probablemente esposado, con esas bridas que usa ahora la Guardia Civil para ahorrar dinero en esposas. O para que Puigdemont no se mame las esposas, vaya usted a saber, como su Gobierno se mamó el dinero de los discapacitados para subvencionar sus algaradas. Tiene que estar muy aburrido este personajillo de ópera bufa, caminando por las calles de Bruselas, errático, en compañía de un desconocido señor de pelo blanco, y visitando de vez en vez a su abogado, que ya digo que se parece físicamente a Kiko Matamoros, toda una autoridad. España, país de Rinconete y Cortadillo, tenía que tener a un Puigdemont para cerrar el ciclo. A lo mejor encuentra empleo de caganer en un portal de Belén de Bruselas, o quizá se reivindique como Manneken Pis, soltando la meada a los turistas catalanes que acudan allí en peregrinación, a ver al mártir. Y es que los caminos del independentismo son inescrutables. Una vez fui yo a Bruselas, con Pepe Segura, a vestir de mago al famoso muñeco. ¿Se lo imaginan con barretina, echándole la meada al personal?

TE PUEDE INTERESAR