El actual quinto intento de separación de Cataluña desde 1640 presenta características diferentes a los intentos anteriores, en los que el liderazgo fue siempre de las clases dirigentes catalanas y después de su burguesía, que manipulaban al común -los segadores- desde un férreo control de la situación. Esas clases dirigentes y esa burguesía, desgarradas por la brutal corrupción del pujolismo, están ahora secuestradas por la CUP y son rehenes de toda su constelación anarquista y antisistema. Un anarquismo antisistema que se prolonga en la franquicia catalana de Podemos, supuestamente no independentista, aunque compañera de su viaje a ninguna parte. El problema sigue siendo insoluble, pero ha cambiado de naturaleza, y ha devenido en una insurrección antisistema y anarquista que se dirime en la calle y en las redes sociales, al margen de las instituciones; y que, en consecuencia, es de imposible costura. Antes, en la época de Pujol, cabía el diálogo, el pacto y la compra, como en los viejos tiempos. Ahora no creemos que resulte posible; y ojalá estemos absolutamente equivocados.
La derrota de la burguesía catalana ha implicado que la independencia de Cataluña se ha mezclado con un segundo objetivo, que es la destrucción de la Constitución, de la Transición y de lo que llaman el régimen del 78. Y los ingenuos independentistas deberían reflexionar sobre las consecuencias de pesadilla que atraerían sobre su soñada República si siguen conjurando al monstruo. Durante todos estos años de democracia, la estabilidad política catalana y vasca ha descansado en la colaboración entre nacionalistas moderados y socialistas igualmente moderados, con unos populares reducidos a la insignificancia y una izquierda radical independentista más o menos controlada dentro de ciertos límites. El papel del PNV y de Convergència i Unió resultaba así decisivo. Y la pervivencia del primer partido y la destrucción del segundo explican los diferentes escenarios actuales del País Vasco y Cataluña.
El triunfo independentista en las elecciones de diciembre en votos y/o en escaños es probable, y en ese supuesto adquiere toda su trascendencia la lúcida apuesta de los socialistas catalanes, que presentan listas trasversales con antiguos miembros de Unió y con desencantados de Podemos. Un Gobierno socialista, con el apoyo o colaboración de Podemos y la abstención o apoyo coyuntural de Ciutadans y el Partido Popular, con Esquerra, Puigdemont y la CUP en la oposición sería una opción esperanzadora que evitaría el desastre. Porque ni las elecciones ni el artículo 155 pueden eliminar a los dos millones de independentistas y a la multitud de organizaciones afines que actúan en Cataluña y que controlan su sociedad civil, ni pueden suprimir su extraordinaria capacidad de organización y movilización ni su control de la educación y los medios. Y se trata de un sector que sigue soñando sueños republicanos.

