Me gustan los tiempos de Adviento y Navidad. Quede esto claro para que nadie se lleve a equívoco cuando digo que no disfruto con el color crema pastelera con que muchos adornan estos días. La inflación de buenos deseos, amores frágiles y abrazos leves me aleja más que me introduce en el espíritu de estas fechas.
Pero ahí están las lecturas de la misa de hoy para señalar de nuevo el camino que huye de lo ¿tradicionalmente? correcto: consolad, hablad al corazón, preparad el camino, mirad que ya viene… De entre todas las imágenes que animan a ponerse en marcha, la más provocadora me resulta ésta en la que el profeta Isaías pone en boca de Dios estas palabras: “Hablad al corazón de los hombres”. Y sigue así: “Gritadles que ya han cumplido su tiempo de servicio, que han pagado ya por su crimen”.
Es fascinante que este episodio resuma todo el encargo que Dios hace a quien confía en él. Aquí está la razón por la que la Iglesia mejora el mundo cada día. Y también la causa de sus naufragios. Cuando la Iglesia y la sociedad no se entienden es porque no hablan de las cosas del corazón, que son las que verdaderamente importan, porque el corazón es la figura de lo que transita por las entrañas del ser humano.
Los miedos, las alegrías, las esperanzas, los anhelos, los hundimientos, los desvelos… Las noches en blanco y los días vacíos. Las vigilias junto a la cama del enfermo y del moribundo, la espera emocionada del que está por llegar. El desconcierto ante el dolor del justo, el alma arrasada por la caída del inocente. La sospecha de que todo tiene sentido y de que el sentido se escapa por entre las heridas del alma. El presentimiento de que no acaba todo cuando todo acaba. La falta de palabras para darle nombre a lo profundo. La cautivadora búsqueda de lo bueno, lo bello y lo verdadero…
El corazón de los hombres es el punto de encuentro de Dios con cada ser humano. Las alegrías y las tristezas que los habitan, los fortalecen o los deforman son el tema de la eterna conversación que Dios mantiene con cada hombre y cada mujer que pisan este mundo. Y es ahí donde la Iglesia acampa: en el corazón del hombre. Y es ésa la medida para que abandonemos otros entretenimientos, despistes, tontunas… que nos retrasan y nos alejan del corazón de los hombres. Peor aún: que retrasan el reinado de Dios porque no cumplimos su encargo de hablarle al corazón del hombre.
Adviento y Navidad son una lección de cardiología espiritual. Un momento privilegiado para repensar nuestra forma de creer y nuestras prioridades personales y comunitarias. Por eso no me gusta el pasteleo de estos días, porque nada tiene que ver con el nacimiento de Nuestro Señor.

