El fantasma de las Navidades pasadas les ha mostrado a los electores de Cataluña el catalanismo político de los primeros tiempos de la Transición. Fue un catalanismo moderado y pactista, en el que el todopoderoso president Jordi Pujol y su familia, entre viajes a Andorra cargados de billetes, transferencias millonarias a paraísos fiscales y exigencias de cuantiosas comisiones a cualquier empresario que pretendiera un contrato o una concesión, tenía tiempo para pactar con Madrid y atesorar una información sensible que, aún hoy, le protege de molestas visitas a la cárcel, reservadas para sus seguidores. Convergència i Unió dominaba la escena política, a veces con la ayuda de un domesticado y nacionalista socialismo, y siempre con la complacencia de Esquerra, y la independencia se concebía como un objetivo deseable pero lejano, a una distancia de varias generaciones en el futuro.
A pesar de ello, ya se había diseñado una hoja de ruta de esa futura independencia, que incluía la eliminación del español en una enseñanza y unos libros de texto intensamente politizados; la inmersión lingüística en catalán; las multas por rotular en castellano, y un control tal de los medios que conducía a vergonzosos y obligatorios editoriales conjuntos. El fantasma de las Navidades presentes les muestra a los electores de Cataluña que, pese a todo, aquella estrategia ha dado sus frutos, hasta el punto de que los independentistas han aumentado a más de dos millones, si bien no todos suscriben el actual procés y la unilateralidad. Dos millones que, de seguir la enseñanza y los medios en sus manos, continuarán aumentando imparablemente en el futuro. Este fantasma les muestra a los electores de Cataluña cómo el independentismo ha caído en manos de la izquierda radical antisistema, una izquierda de la que ahora la burguesía catalana es un rehén: una burguesía y unos empresarios que han pasado de apoyar el catalanismo a huir de Cataluña con sus empresas. Y también ha puesto de manifiesto este fantasma lo prematuro de la declaración de independencia; sus carencias organizativas que, en contra de lo que afirmaban sus promotores, no posibilitaban su implementación; y las continuas mentiras, contradicciones y renuncios de esos independentistas.
En el día de hoy, en el día de unas elecciones anómalas, con candidatos en la cárcel que no han podido hacer una campaña electoral plena, y con otros en el extranjero, el fantasma de las Navidades futuras no sabe qué mostrar a los catalanes, y ni siquiera sabe si estas elecciones servirán para formar un Gobierno o darán paso a un Parlamento ingobernable y una repetición electoral. Por su parte, desde el Parnaso de los literatos, a la vista de la multitud de vetos y líneas rojas recíprocas entre las fuerzas políticas en presencia, Charles Dickens reconoce que no es capaz de predecir el futuro político de Cataluña tal como hizo con el futuro del avaro Ebenezer Scrooge.
