“Soy exactamente lo que nadie está buscando”. La frase es de una de esas postales que circulan por Facebook, la red que tan a menudo se convierte en un basurero de ñoñereías y vaciedades con hermoso envoltorio. Pero no esta vez. Creo que lo que expresa esta sentencia es muy parecido a lo que recorre los adentros de muchos cristianos.
Mi impresión es que a menudo los creyentes en Cristo sucumben a la tentación de pensar que su fe es exactamente eso: la respuesta a una pregunta que nadie se hace, la solución a un problema que los demás no ven, una oferta de sentido y de hondura que los otros no añoran… En definitiva, se sienten embajadores de un mensaje que nadie espera y, lo que es peor, que una vez propuesto, pareciera no aportar nada a la vida de las personas que lo reciben.
Ésta es la soledad del testigo, la que soporta quien tiene experiencia de Dios y sufre el desgarro de convivir con la indiferencia de las personas a las que se siente enviado. La indiferencia del mundo al tesoro que nos traemos entre manos, que es mucho peor que el rechazo, porque poco se puede hacer para motivar a quien ha decidido cerrar determinada puerta de su vida sin haberla entreabierto siquiera.
Calma. Dios se ha hecho hombre, esto celebramos estos días. Serenidad. No hay nada verdaderamente humano que le sea extraño a nuestro Señor y a nuestra fe. Por eso, calma, serenidad. No es cierto que nuestro mensaje sea aquello que nadie espera. Lo que sí es verdad es que ahora es mucho más complicado para los hombres y mujeres de nuestra época reconocer el valor de lo humano. Y eso los incapacita para abrirse a la fe. No es que no se crea en el otro mundo, es que a menudo no se espera nada de éste que pisamos.
Yo creo que la crisis de irrelevancia de la fe en nuestra sociedad no es un problema, sino un síntoma de los mecanismos sobre los que se apoya este mundo nuestro, el más cercano. Los hombres, las sociedades, los continentes… están agotados de tanto esperar la salvación. Una vez más, el mundo respira agitado a la espera de una palabra verdadera en medio de tantos discursos interesados. Así las cosas, no es de extrañar que a la fe se la etiquete como uno más de entre esos compendios de palabrería con que los charlatanes buscan encandilar para sacar partido.
Por eso, la calma, la serenidad de los creyentes es la mejor medicina para no perder la esperanza. Y una apuesta decidida, no sólo teórica, por compartir las alegrías y las penas de nuestros hermanos. Sólo allí donde las manos se ensucian con la vida es donde surgen las oportunidades para compartir la buena noticia de la fe. Pero hay que saber esperar, una práctica que ahora nada tiene que ver con sentarse hasta ver pasar la ocasión. Esperar en cristiano significa ahora salir al encuentro de los desvelos de los hombres para reconciliarles con la hermosura de este mundo, a veces tan oculta; con la grandeza de la vida, en ocasiones tan desgarrada. Con la presencia de Dios.
Me parece que no cabe otra. Porque, nosotros no, pero lo que Dios regala al mundo a través de nosotros es lo que la Humanidad espera sin ponerle nombre. Jesucristo es, ahora como antes, el jarro de agua fresca que hace reaccionar a quienes vagabundean entre alegrías con fecha de caducidad.
En realidad, tenemos entre manos exactamente lo que todos buscan. Dios es la respuesta. No somos irrelevantes. No hay razones para desesperar. Es cuestión, más bien, de aprender a esperar sin tener las manos cruzadas ni el corazón en suspenso.
@karmelojph

