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al fin es lunes

“Lo que de veras quiero es el Capitán Trueno”

Carmelo Rivero, vecino un tiempo, compañero durante algunos meses y desde hace unos años compatriota peruano (no sé si él tiene la nacionalidad, pero yo la disfruto por razones que ahora no voy a explicar), sabe (casi) todo de mi vida

Carmelo Rivero, vecino un tiempo, compañero durante algunos meses y desde hace unos años compatriota peruano (no sé si él tiene la nacionalidad, pero yo la disfruto por razones que ahora no voy a explicar), sabe (casi) todo de mi vida. Y ahora se ha enterado de que estoy regalando parte de mi biblioteca.

Resulta que me voy de Miami a Puerto Rico por algún tiempo. Aquí el clima hispanoamericano se ha hecho irrespirable: demasiadas expectativas hubo tras la conciliación Cuba-Estados Unidos, la gente se puso a buscar acomodo (en los medios, en los negocios, en los negocios políticos, o derivados de la política), y se hizo muy incómodo encontrarse con la gente en las calles o en los bares.

Como buen descendiente de canarios, la vida no se hizo para dedicarme a competir. Soy más bien de conciliar ánimos, y de confortar desánimos. Como Carmelo, por cierto, que cada vez que necesita pisar un callo le pide auxilio a su probada bondad, y sufre, como yo sufro, si los otros alimentan los malentendidos o las malacrianzas.

Y me harté de Miami; Carmelo me dijo, en un wasap: “Pues vente pa`cá, para que veas lo que es bueno”. Ni le contesté, yo sé que los sitios chicos son infiernos grandes; de hecho, eso es lo que me dijo una vez Juan Rulfo en México, hablando de por qué se había ido de Jalisco a probar fortuna en el Distrito Federal. En todas partes cuecen habas, y Miami se hizo irrespirable. Aquí dejo amigos, conocimientos, bares que me encantan, t-bones de los de verdad, y mucha música salsa, que a pesar de mis años sigue vertebrando mis caderas, para envidia, entre otros, de Carmelo, incapaz de entender cómo sigo bailando a estas alturas. Él, me dijo, está “pal`arrastre” en estas aficiones.

Me voy de Miami, pues, dejando atrás tantas cosas que forman parte de la vida de una persona que lleva una docena de años en el mismo lugar, habiendo arrastrado, además, muchas experiencias y muchos materiales de los destinos anteriores. Y lo que más me perturba dejar atrás, entre todos esos materiales que van con la experiencia, es la biblioteca, miles de libros que se han ido acumulando en las sucesivas estanterías de mi vida.

Y eso le dije a Carmelo, que dejaba atrás mi biblioteca, en la que hay desde literatura hispanoamericana a inéditos de la época en que conocimos aquí al primer Vargas Llosa. Le hice, en fin, un recuento, y esto es lo que me escribió el director del DIARIO DE AVISOS, en un wasap, que es como el telegrama de ahora:

-De tu estantería lo que me interesa es el Capitán Trueno.

Y eso le he enviado, mi colección completa del Capitán Trueno. Lo que había pensado para él, la colección de Charles Dickens, lo enviaré a la biblioteca municipal más cercana al barrio de Duggi, donde los dos competíamos por sabernos de memoria los principios de todas las novelas del enorme autor inglés.

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