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Por fin, El Pole

He vuelto a El Pole, a darle al bistec empanado, con un huevo frito cabalgando sobre tan agradable montura. Tenía reservada allí una caja de pasteles, pero Cathaysa, que estudia en la universidad y ayuda a su madre y a su padre en la cocina y en las mesas, no se dignó salir a saludarme

He vuelto a El Pole, a darle al bistec empanado, con un huevo frito cabalgando sobre tan agradable montura. Tenía reservada allí una caja de pasteles, pero Cathaysa, que estudia en la universidad y ayuda a su madre y a su padre en la cocina y en las mesas, no se dignó salir a saludarme. Estaba seguramente agobiada por la clientela. El Pole agotó la lotería con la misma facilidad que la carne fiesta y los amigos me convidaron a un almuerzo y, encima, me enviaron a casa en un coche de confianza. No puedo pedir más. En Navidad, la gente se vuelve abrazona, demasiado efusiva. La escandalera que se escuchaba en el famoso lugar era notoria, aunque nosotros nos marchamos antes de las efusiones de detrás del postre, que son insoportables. Llegué a casa y me quedé amodorrado en el sillón, con la tele encendida y la perrita encima; me faltaron las zapatillas de cuadritos, que tengo, porque en un cumpleaños me las regaló Juan-Manuel García Ramos, que como buen lagunero sabe mucho de zapatillas de cuadritos. Aurelio González se quejaba de su exiguo presupuesto para ediciones y Carlos Díaz-Bertrana puede darle al vino más que el resto, porque vive al lado y va andando a su casa. No lo tranca la Guardia Civil. Tenía ganas de verlos; en esas reuniones lo que hace uno es presumir de pasado, ante la ausencia de presente. Y esto es muy agradable. En un rincón estaban los de Podemos y en el otro los funcionarios municipales de Tacoronte, o al menos unos pocos. Yo, en cuanto empezaron los abrazos, me mandé a mudar, porque luego se me queda la ropa oliendo a carne de cochino. No hace falta aclarar que es por lo que se come. Llegué llenito a casa, pero muy contento.

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