Hace muchos años alguien le dijo a una raza de hombres que Dios estaba con ellos, que eran sus elegidos, y ellos se lo creyeron. Otro les aseguró que la única verdad era aquella en la que creían y también se fiaron de él. Un profeta murió y sus descendientes se estuvieron matando por demostrar quién era el auténtico depositario de su mensaje. Un científico dijo que proveníamos de una selección biológica y a partir de ahí unos se sintieron mejor seleccionados que otros. En realidad, ya lo venían haciendo desde siempre sin que nadie se los dijera porque en ello basaban su derecho a ejercer el poder. Un enajenado descubrió que había un pueblo capaz de enajenarse como él y los imbuyó de su superioridad llevándolos a la destrucción. Siempre ha existido alguien que convence a los demás de que son depositarios de singularidades exclusivas que tienen que defender e imponer a toda costa, porque siempre, igualmente, dispone de una masa débil que está dispuesta a creérselo para así acreditar la fortaleza que no tiene.
Forman parte de lo peor de la sociedad. Viven de la arrogancia y cuando se convierten en un grupo numeroso, cuestión muy fácil de conseguir, son una fuerza arrolladora, imparable e irracional, imposible de contener con la razón. Constituyen una de las grandes lacras de la sociedad mientras aseguran proteger la parte más noble de su esencia al tiempo que causan terribles desastres. La cerrazón es su cualidad más importante. Están dispuestos a entregarse a una lucha sin cuartel y hasta a dar la vida por cuestiones baladíes que han arraigado en sus mentes por el engaño a que han sido sometidos. A este fenómeno que nos acompaña desde que existe la civilización se le llama nacionalismo.
La civilización comienza cuando los hombres abandonan su dependencia con la naturaleza y deciden fijar unas normas para vivir razonablemente en colectividad encontrando un nuevo espacio donde asegurar su pervivencia: la civitas, la ciudad. Descubren que la vida tiene una dimensión de dignidad que, según Aristóteles, no sólo garantiza un cierto orden administrativo sino además la posibilidad de un disfrute de los valores espirituales.
En el poema de Gilgamesh el rey saca a su amigo Enkidu de la vida de las selvas para incorporarlo a las nuevas formas sociales. Parece que se abandonan los instintos primitivos para sacrificarlos por otros valores, no sin que ello suponga un importante sacrificio. En el fondo, la salida del Paraíso consiste en la conquista de ese grado de evolución. Dice Marcuse que la civilización consiste en una contención de la libido. Pero este salto que implica el camino hacia el progreso y la evolución no ha sido tan drástico como para abandonar los usos instintivos que poseíamos cuando compartíamos la habitación en la tierra con los animales a cuya especie pertenecíamos: disfrutábamos de un hábitat común. Éramos territoriales y luchábamos por la posesión como lo haría un felino o un ciervo que se rompe las astas por no perder sus derechos exclusivos. Lo triste es que no hemos dejado de serlo. Cambiamos la fuerza por unos privilegios genéticos que nos obligan a ser diferentes en un mundo que acepta la igualdad como uno de sus fundamentos morales más sólidos. Cuando los políticos se quedan sin proyecto para conducir con cierto orden a los ciudadanos que pretenden gobernar recurren a estos argumentos deleznables.
Lo sorprendente es que todavía existan mayorías que los sigan. Desgraciadamente no se trata de un problema local. Hacia donde quiera que miremos encontraremos brotes de esos despropósitos. Hay focos de lo mismo por todas partes y esto no es otra cosa que un síntoma de degradación de la condición humana. Hasta hace poco, tras los efectos devastadores de la última experiencia europea, lo hemos metido en el saco de lo políticamente incorrecto. El truco está en comparar una incorrección con otra para así justificarla. En España hemos sacado al franquismo de nuevo a la actualidad sin darnos cuenta de que el nacionalismo localizado en una región es la misma cosa que el fascismo instalado en todo el país.
El independentismo, tal y como está planteado, no es otra cosa que una manifestación más de ese fascismo que condena. En el fondo, dar rienda suelta a los instintos más primitivos del hombre, siguiendo ciegamente la voz de los profetas que intentan convencerlos de que son los elegidos. No sólo se trata de un ejercicio de las derechas. El revisionismo histórico planteado por las izquierdas utiliza la reivindicación nacionalista como un agente desestabilizador. Así que, lo miremos como lo miremos, es la amenaza más importante que tiene la civilización occidental.
