El otro día, a las tantas de la madrugada, una mujer que pasaba frente a mi ventana se despelotó, mientras su pareja sacaba dinero de un cajero de La Caixa; y en pelota picada comenzó a dar alaridos, en el silencio de la noche. Varios vecinos se asomaron a las ventanas, para disfrutar del espectáculo. No hace mucho, en la avenida del Generalísimo (yo no la reconozco como de la Familia Bethencourt y Molina, porque ya existe otra calle dedicada a Agustín de Bethencourt, aunque admitiría que se le diera, por la ridícula ley de memoria, otro nombre), otra mujer gritaba, como una posesa, mientras presumiblemente hacía el amor en su vivienda. Los gritos parecían derivarse de un goce extremo, lo cual me alegró no poco, porque en este país se folla cada vez menos y es buena la relajación de los sentidos. Este pueblo mío, al que regreso como fijo luego de una larguísima ausencia, es una caja de sorpresas. He visto, en una entidad bancaria, el árbol de Navidad más feo de la historia contemporánea, casi más feo que el que una marca de cervezas ha instalado cerca del muelle. En el Puerto de la Cruz, para mirar la hora en la calle, tienes que tener un reloj y una linterna. En fin, que me lo paso la mar de entretenido con este traslado. En los jardines instalados por fuera del Botánico -ya hablaremos del Botánico-, que tardaron años en ser plantados, hay un cartel que dice: “Bienvenidos” a “Puerto de la Cruz”. Es un godismo, coño, tendría que decir, como se ha dicho siempre: “Bienvenidos” al “Puerto de la Cruz”. Los entrecomillados son míos, no del puñetero cartel. ¿Qué se puede esperar de un pueblo que no quería que tumbaran un muro donde la gente iba a mear y a cagar, porque decían que era histórico?
Una mujer en pelotas
El otro día, a las tantas de la madrugada, una mujer que pasaba frente a mi ventana se despelotó, mientras su pareja sacaba dinero de un cajero de La Caixa

