Joder, qué año nos han dado Cataluña y los catalanes. Dudo que pueda haber otro igual y dudo que se pueda soportar. La televisión se ha convertido, al menos para mí, en un tormento. Me niego a escuchar y ver los debates que tengan a Cataluña como motivo y, como aquel fiscal Fungairiño, acabaré viendo solamente los documentales de la BBC, en mi caso de la National Geographic, por aquello de que soy miembro de esta organización. No hay quien aguante a Cataluña y a los catalanes, unos republicanos, otros monárquicos, protestones, mal encarados y a los que no se les entiende nada. Hasta el tercer Jordi, el Pujol, ha logrado salir de la mazmorra, previo pago de su importe: 500.000 euros. Para lo que han mamado, eso no es nada, una propina. Estoy hasta arriba de Cataluña, que ha quitado pulso al país, ánimo a sus habitantes -a todos los españoles- y que ha puesto a España en el brete de la incredulidad internacional porque en las mentiras de Puigdemont y su banda han caído la otrora seria BBC y otros medios a los que consideraba yo fiables. Ahora no me fío de ninguno y cuestiono cualquier noticia política que den. No se escapa ni el conspicuo The New York Times, que también se ha lanzado al verde. Esto de los medios de comunicación clama al cielo. Los más prestigiosos se venden por un plato de lentejas. En fin, ha sido 2017 un año malo de solemnidad. No descarto que en los dos días que quedan ocurra alguna que otra catástrofe, dados los antecedentes de los meses precedentes. Pero nada comparable al procés de las pelotas, que le hace a uno aborrecer a los medios de comunicación y a quienes los acaparan.
