El sábado por la tarde murió, mientras dormía, mi perrita Mentecata. Era una bull-dog inglesa de diez años, la edad límite para esta raza. Sufría un tumor de mama, con metástasis pulmonar. Una dolencia irreversible y ya no tratable. Por la mañana fuimos a verla mis hijas y yo. Agradezco mucho a sus cuidadores, Francesca y Ventura, sus desvelos y su dedicación. Pensé en sacrificarla esa misma mañana, dado su estado, y de acuerdo con la veterinaria, pero optamos por dejarla vivir hasta que ella quisiera. Y sólo quiso unas horas, hasta que nos vio, la acariciamos y nos despedimos de ella. Muchos no saben el dolor que puede causar la desaparición de un ser tan querido, hasta que ocurre. Mentecata era pacífica, cariñosa, obcecada y obediente. No soportaba que se le acercara ningún perro, ni perra, sólo aguantaba a la familia. El nombre se lo puse, a raíz de escucharlo en una película de Clint Eastwood. Mentecata era uno de esos ángeles que aparecen de vez en cuando en este mundo, un ángel que agradecía cualquier cosa; incluso, el mismo día de su muerte, las lonchas de jamón que le llevamos, para que saboreara en su final uno de sus caprichos de toda la vida. Me da mucha pena contarles esto, pero se lo debía a mi perra y también le pido perdón por todos los momentos que no le dediqué; y le agradezco todo el amor que nos dio. No crean que no hubo llantos en casa; muchos, muchísimos. Un perro no es un perro, es mucho más; tiene que haber para ellos, para los buenos, el mismo Cielo que para las buenas personas. Lo cierto es que, por la tarde, cuando escuchaba el mar en San Telmo, odiaba al mar; yo, que me gusta tanto su ruido. Me podía más el recuerdo de mi pobre y fiel Mentecata. Sus cenizas harán nacer un árbol.
Adiós, Mentecata
El sábado por la tarde murió, mientras dormía, mi perrita Mentecata. Era una bull-dog inglesa de diez años, la edad límite para esta raza
