después del paréntesis

Escritores

Concluyó el homenaje y los más allegados permanecimos en la mesa. Es inevitable en esos casos, Madrid y una compañía así de agradable. De manera que, aparte de los güisquis, devoramos historias. Casi infinitas fueron: un viaje a Islandia de escritores con un millonario ruso, picardías sobre conocidos, maledicencias… Una patraña graciosa la contó el especialista en Historia del Arte Fernando Castro Flores. Estaban en Santo Domingo, República Dominicana, en un bar de mala muerte. Fernando no recordaba por qué, pero hubo mosqueo y llegó la hora de los puñetazos. Mi amigo se levantó decidido y se dirigió al gracioso que había insultado a los españoles. Cuando alzó el brazo su codo chocó contra un muro. Volvió a intentarlo y lo mismo. Giró el tronco y descubrió pegado a su espalda a un negro de más de dos metros y veinte kilos de músculos en los brazos. “La muerte siempre es inoportuna”, se dijo. Y oyó: “¿Te quieres quitar delante, helmano, que me meo?”. El jolgorio duró varias horas. Otra la recordó JJ Armas Marcelo. Fue el día en que visitó París el gran prócer de la poesía cubana Nicolás Guillén. No lo recibió con honores el embajador Alejo Carpentier. El autor de Los pasos perdidos andaba en un compromiso con una chica en Oslo. Cuando el gran poeta regresó a la Isla, informó con detalles al comandante y jefe Fidel Castro de lo allí ocurrido. Castro llamó a un ayudante, después de que Guillén desapareciera del lugar. “Háganle llegar un buen ramo de flores al embajador de Cuba en París, para lo que fuere menester”, ordenó.

La tercera la recreó Vargas Llosa. Los amigos tocaron a la puerta de su casa en Lima. Abrió. Gritaron: “¡Enhorabuena!”. El Malecón Paul Harris ya no se llama Paul Harris; se llama Mario Vargas Llosa. Meses después, el escritor recibió una notificación oficial de su ayuntamiento en la que le informaban de que, por unanimidad, los concejales decidieron restaurar el nombre de Paul Harris. Mas hete aquí que la mala conciencia del edil no lo dejaba descansar. Idea ilustre: la esquina en la que se levanta la casa de Vargas Llosa resolvería el problema. Hecho. Un vecino abordó al novelista poco después. Le dijo: “Usted me ha jodido la vida. Ya no recibo cartas”.

La cuestión era que los carteros no encontraban modo de colocar una sola misiva en un buzón. Esa dirección era más extraña que el Infierno de Dante. Imposible. Unas veces las señas decían Malecón Paul Harris y otras Mario Vargas Llosa, que está en el Malecón Paul Harris.

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