Cuesta ponerse en la piel de miles de generaciones que debieron ingeniárselas sin la electricidad, el fuego, la brújula o la imprenta, la rueda y la penicilina; o preguntarse cómo se las arreglaron sin la máquina de vapor, las vacunas, la refrigeración, el teléfono o la radio. Pero, por encima de cualquier otro invento, concepto, palabra o herramienta, lo que resulta realmente imposible es imaginar (o intentarlo, al menos) cómo se buscaban la vida nuestros antepasados antes de que la palabra empoderar cayera con la intensidad de la gota fría sobre los días, las conferencias, los discursos, las noches, los amaneceres, las declaraciones públicas, las entrevistas y las conversaciones más o menos pijas. ¿Cómo era la vida antes de que hasta el último de la fila acampara en la moda del empoderamiento? De buenas a primeras, y de malas a segundas, actores mayúsculos o minúsculos se sienten en la obligación de colar en sus intervenciones, y con calzador, el omnipresente empoderamiento; nombre que, referido a la adquisición de poder e independencia por parte de un grupo social desfavorecido para mejorar su situación, es utilizado de algo a esta parte por una legión de noveleros que tiran del empoderamiento para aludir a turistas, contribuyentes, simpatizantes, dependientes, votantes, socios, vecinos, perros, gatos o lagartos de Salmor. Sea para empaquetar una conferencia proclamando la formación de los ciudadanos para el empoderamiento de la acción social, o para jactarse de impulsar el empoderamiento a las comunidades de vecinos, a la mujer rural o a los árbitros de curlin (ese deporte olímpico que consiste en empujar una aspiradora), existes si empoderas. No nos resultó sencillo imaginar cómo eran las conversaciones antes de la gobernanza o la transversalidad, pero lo de ponernos en la piel de quienes debieron ingeniárselas antes del frigorífico, la televisión, el coche o el empoderamiento es un pensamiento impensable.
La vida antes del empoderamiento
Cuesta ponerse en la piel de miles de generaciones que debieron ingeniárselas sin la electricidad, el fuego, la brújula o la imprenta, la rueda y la penicilina; o preguntarse cómo se las arreglaron sin la máquina de vapor, las vacunas, la refrigeración, el teléfono o la radio
