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Los locos nunca duermen

Los periódicos tradicionales siempre han sido lugares donde se dan cita los locos, que nunca duermen. Yo me acuerdo, en mis tiempos de La Tarde, de la serie de individuos que se reunían en aquella redacción, incluso llevando artículos que algunas veces conseguían publicar, porque había que llenar las páginas incluso con disparates. Una serie de iluminados, lunáticos, personajes de la noche y putas. Mi afición por el periodismo, desde niño, era tal, que iba cada día a la parada de guaguas del Puerto de la Cruz, a cincuenta metros de mi casa, a esperar que llegaran los periódicos para leerlos el primero. Era un forofo de las entrevistas de Álvarez Cruz y de los artículos de Alfonso García-Ramos, que luego sería mi amigo. Y de Vicente Borges, cuando hablaba del circo. Y de los artículos de Almadi. Y de los pies de fotos poéticos de don Víctor Zurita, piezas maestras. El lirismo de La Tarde no tenía parangón. Tengo el manuscrito de Guad, dedicado, novela con la que conseguiría Alfonso el premio Pérez Armas. Esa noche nos cargamos en casa de Manolo el Gallito, que se decía que era hijo chimbo del obispo Pérez Cáceres -leyenda urbana-, pero verdad es que se parecía mucho. Le ponías una capa de adviento y podía cantar misa. Allí se juntaban periodistas, putas y personajes de la noche a tomar el famoso caldo que servía un tal Cirilo, que debe estar ya en el bolsillo del padre eterno. Pero eran reuniones curiosas, en las que al menos podías comer, en aquel Santa Cruz oscuro y silencioso, aunque fueran las dos de la madrugada. Los periodistas tendemos al exceso, en todos los sentidos, y por eso tiene que haber siempre en la ciudad un lugar en el que las necesidades -incluso del estómago-encuentren cobijo. Ahora me da por revivir el pasado, que es una forma de alegrar el presente.

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