Fue el creador que le dio la vuelta a la poesía en América Latina. En el año 1954 decidió: un libro proverbial que se llama Poemas y antipoemas. Nació en el año 1914, y en Chile, la tierra que dio al mundo el movimiento creacionista, una de las bases de la vanguardia mundial, gracias a Vicente Huidobro, el autor de Altazor, y a Pablo Neruda, el instructor del surrealismo, el poeta del aliento y uno de los más prolíficos de la lengua. Parra contaba con esos antecedentes. ¿Qué oponer a ello en su país?
Si se mira, fue un ser en contradicción. Por la literatura frente a lo que le dio el sustento: las matemáticas, la física, la mecánica… ¿De ahí la deconstrucción dicha? Lo uno y lo otro. Actuó. Lo nombraron antipoeta. Se añade la influencia de su familia: padre maestro, bohemio y músico, madre modista y seguidora de la música folklórica, sus siete hermanos dedicados a la música popular o al circo; una hermana excepcional, la cantante Violeta Parra. Fácil sería afirmar que Nicanor Parra es famoso y conocido por esas evidencias que lo llevan al antagonismo. No se prueba. Harold Bloom lo considera uno de los mejores poetas de Occidente. ¿Cómo ajustar? Una de las cuestiones primordiales de Nicanor Parra fue la inquietud. Si asumimos el asentamiento en el pueblo de Chillán después de haber dado vueltas y más vueltas con su familia, también la búsqueda del porvenir en la capital (Santiago) y la necesidad de salir de su país, encontrarse con gente distinta e idiomas desconocidos. Lo hizo. 1943-1945, Estados Unidos; 1949-1952, Inglaterra; y más. Superficialmente lo llevó a esos lugares una beca de posgrado para estudiar mecánica avanzada en la Universidad de Brown u otra para cosmología a la Universidad de Oxford. La cuestión es el buscar: los grandes poetas norteamericanos o los ingleses, además del arduo engranaje de la creación en Europa. Se fragua el doble: mientras trabajaba como profesor de matemáticas, física o mecánica daba a conocer sus escritos y poemas, se comprometía con otros amigos en fundaciones culturales, proponía sus poemarios o insinuaba la complementación entre poesía y arte visual (Quebrantahuesos). En esa lid, o la lírica (a la par de Góngora) o la sustitución. Le fue fácil decidir, por el saber y por lo que su opuesto le proponía. Escribió: “¿Es más real el agua de la fuente / O la muchacha que se mira en ella?”.
Tenía 103 años y el pasado martes murió. “De puro viejo”, dijo un familiar, no porque estuviera enfermo.
