Lo más terrible que le puede ocurrir al escritor de todos los días es que le urjan el puto folio y el puto folio que no sale. A mí me ha pasado esto hoy y no es la primera vez, con lo que no sé si estoy agotando el depósito de combustible o es sólo la señal de alarma, la luz que te avisa de que debes llenar el depósito. Posiblemente he pasado, o estoy pasando por una depresión, que no debe ser grave, porque me levanto y vivo. Pero confieso que donde me encuentro más cómodo es en la cama, viéndolas venir. Cualquier recién graduado en sicología habrá hecho su diagnóstico, pero yo tengo el mío: no es depresión, es falta de perras. Un gerente que fue de este periódico, Pepe Capón, decía que las depresiones se quitaban llenándose el pecho de billetes de cinco mil pesetas (entonces no había euros). Y yo creo que Capón tenía toda la razón. Pero los ricos también se deprimen, a lo mejor del propio peso de los billetes, vaya usted a saber. Hoy me han pedido el puto folio y me ha dado por hablar de esto; al fin y al cabo un escritor de todos los días es sólo la crónica de sí mismo llevada al papel con mayor o menor gracia. Cuentas lo que te pasa, no tienes que dar demasiadas vueltas al texto, hablas de ti mismo y se acabó. Creo que mis lectores me conocen más a mí mismo que yo, al menos es lo que me dijo el otro día un señor que me encontré en el supermercado. “Usted es un libro abierto”, me dijo. Lo malo es que un día me lo cierren sin avisar; y entonces, ¿qué? Aquí tienen el folio.
El puto folio, otra vez
Lo más terrible que le puede ocurrir al escritor de todos los días es que le urjan el puto folio y el puto folio que no sale
