despuÉs del paréntesis

Robots

Los seres humanos manifestamos un terror fatal contra la novedad. Los niños no deben jugar a tal o cual juego porque..., los hombres han de tener cuidado con el medicamento x aunque... Ese pánico define a la especie

Los seres humanos manifestamos un terror fatal contra la novedad. Los niños no deben jugar a tal o cual juego porque…, los hombres han de tener cuidado con el medicamento x aunque… Ese pánico define a la especie. Y surge uno que parecía pertenecer al ámbito de la ciencia ficción: los robots. Hoy se nos pone ante los ojos a unos seres de chatarra que cada vez son más iguales a nosotros.

El asunto es si soportaremos que nos superen en inteligencia, dado lo que ocurre con los ordenadores. Así, recordamos al maléfico engendro mecánico de Alien diseñado para salvar al monstruo; o los malos y buenos de Yo, robot que cumplían con un mandato: “No hacer daño a los humanos”, cosa que no les causaba mayores penalidades; o evocamos a la extraordinaria Blade Runner (basada en una novela mejor, que en español se traduce como ¿Los androides sueñan con ovejas eléctricas?) en la que un perfecto humanoide persigue a su creador para que le conceda más vida. Fábula, pero…

Ese terreno de la efusión (que usó Verne para ir a la luna sin que fuera posible entonces) comienza a descomponerse en piezas sospechosas. Por ejemplo, los robots ponen los puntos de soldadura en la construcción de los coches, sirven para arrastrar pesos ingentes, y también pintan, escriben o retan a los campeones mundiales de ajedrez. Además, lo que solo en el cine era posible, que un actor de carne y hueso encarnara a una máquina, ahora se confirma… Y eso comienza a aterrar. ¿Y si semejantes criaturas llegaran a revelarse e impusieran su dominio, como ocurre en Matrix?

Dos posiciones se enfrentan: la capacidad de inventar, de sorprender de los hombres, y la resistencia a lo distinto, a lo prodigioso. De manera que un camino se abre ante la resistencia, porque los pro-humanos son atractivos y eficaces. Una prueba: las máquinas sexuales, esas que muestran a especímenes (hombre o mujer) a la medida. Cabe la respuesta, en este caso, a los componentes morales de tanto uso entre nosotros: ¿se peca con una máquina…? Por otro lado, la plena satisfacción, que a veces se paga. ¿Cuál es la diferencia, humano o no?

Así pues, es posible que variemos la eficacia de los discursos y en nuestra casa no trabajen chicas de la limpieza con jaqueca o que a Rusia nos acompañe alguien de confianza que habla en su idioma como Putin.

Esa es la merced insoslayable de los mortales: el espanto que sucumbe a lo práctico. ¿Pánico o confusión? Queda poco para resolver la pregunta.

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