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Un reloj antiguo

Un amigo abogado me regaló, hace muchos años, un reloj inglés, antiguo, que a su vez se lo había obsequiado a él un famoso delincuente internacional al que defendió con éxito, y seguramente comprado en un anticuario de Londres. Su campana nunca funcionó, aunque gracias a los buenos oficios del maestro relojero Alejandro Baeza, tan maestro como su padre, que era un grande de la relojería, el reloj se pudo poner nuevamente en marcha, sólo con el suministro de aceite a la zona del volante. El reloj funcionaba, pero su campana no se escuchaba. No sé qué relación puede haber entre una cosa y otra de lo que voy a contarles, pero en el despacho tenía yo un portarretratos de plata con las fotos de mi abuelo y de mi abuela paternos, que fueron quienes me criaron y me educaron: siempre viví con ellos. Rescaté esas fotos y las coloqué junto al reloj, hace un par de días. Yo no creo, nunca lo he hecho, en esoterismos, pero nada más cambiar de sitio las fotos de mis abuelos, la campana del reloj, muda desde que mi amigo abogado me lo regaló, ha comenzado a marcar las horas con un sonido prodigioso y una exactitud matemática. ¿Cómo homenaje a su memoria? No lo sé, no me lo pregunten y si alguien hace alguna insinuación al respecto sobre el carácter milagroso del cambio de sitio de los portarretratos y la campana, no lo tendré en cuenta. Pero les juro que así ha sucedido y que ahora, cada vez que suena esa música, me acuerdo de mis abuelos, cuya memoria para mí es muy reconfortante. Esta tarde, sentado frente al reloj, pensé en escribir sobre lo sucedido, como un homenaje a ellos y al rehabilitado regalo de mi amigo, que quién sabe la historia que tiene y si alguna vez “cantó” en algún castillo de Escocia, lleno de fantasmas.

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