Los cronistas de todos los días, desde el mejor al peor, nos repetimos de vez en cuando. Es imposible escribir treinta mil artículos sin repetir las historias, que nunca son contadas de la misma forma, también porque el tiempo distorsiona los hechos. Y los cronistas de todos los días somos muy propensos a fiarnos de nuestra memoria. Además, los hechos nunca pasan a la historia tal y como sucedieron, sino tal y como los contaron los relatores. Luego no hay una sino muchas verdades en la narración de las cosas que han ocurrido, a lo largo de los tiempos. Los cronistas somos muy apasionados. Durante una visita suya a esta isla, González-Ruano visitó el Museo Arqueológico, que fundó y formó don Luis Diego Cuscoy. César se enamoró de una momia de mujer, una chica guanche de 20 años, que no había sido madre según el arqueólogo; a la mañana siguiente, el escritor fue a una floristería, compró un ramo de rosas y se lo envió a la momia guanche del museo, ante el estupor del florista, que cumplió el encargo, depositando las flores sobre la urna que contenía los restos de aquella joven mujer. Los cronistas padecemos de filias y de fobias y eso se nota, porque escribir todos los días es también desnudarse todos los días ante un público variopinto que lo que quiere es eso, que te despelotes. Así que la crónica, como género literario, es muy personal y muy sincera, de ahí su morbo y que sea tan valorada por los medios, sobre todo por los escritos en papel, en los que la crónica reina por encima de los demás géneros. Yo casi siempre escribo de memoria, porque esto de la crónica es un género no menor, pero sí ligero. Y concede ciertas licencias.
Ya sé que nos repetimos
Los cronistas de todos los días, desde el mejor al peor, nos repetimos de vez en cuando
