tribuna

El caso del pino resinoso

Los dos detectives entraron en la habitación. Uno era alto y delgado, el otro más bien bajo y ligeramente obeso. Tanto uno como el otro se quedaron contemplando el cuerpo que aparecía acostado de mala manera en un amplio sofá. Se trataba de un hombre de unos cuarenta y cinco a cincuenta años. Sin lugar a dudas estaba muerto y lo que les pareció más curioso a los policías es que la cara del fallecido mostraba una pigmentación ocre, como si le hubiesen salpicado con un aceite lubrificante o algo similar.

A su lado, sentada en una silla, sollozaba una mujer. “Enrique, mi pobre Enrique”, decía entre hipidos.
El policía alto se dirigió a ella y dijo: ”Lo sentimos mucho señora, pero necesitamos hablar con usted para que nos aclare este caso”. “Sí”, continuó el bajito, “ya que nos dijeron los técnicos que las manchas de la cara se deben a un goteo de resina de pino y aquí dentro, sonrió, no parecen existir árboles.” “Por favor”, ahora le tocó al más alto de los dos detectives, “¿nos quiere explicar lo que pasó o, por lo menos, de lo que usted haya visto o presenciado?”

La reciente viuda fue calmando su lloro y empezó a hablar.
“Tenemos un pino en el jardín que hace unas semanas se enfermó, comenzó a perder sus espículas, la corteza se cuarteó, por las heridas asomaron gotas de resina, perdió su brillo y desapareció el verde de sus ramas y tallos jóvenes.

“Así que Enrique (mi marido se llama, perdón, se llamaba Enrique) contactó con Medio Ambiente, donde tiene un amigo, para pedirle permiso para talarlo pues representa ahora un peligro, no fuera a caer sobre alguna persona o encima del coche que, en ocasiones, lo aparcaba a su sombra.

Pero de Medio Ambiente nos indicaron que este problema, el del pino enfermo, era una cuestión que tendría que resolver el Ayuntamiento del pueblo, por lo que era mejor dirigirse a ellos.

Tras una semana de viajes, llamadas telefónicas y esperas interminables pues el encargado se había ido de vacaciones, consiguió hablar con un recién llegado al consistorio que, muy amable él, nos comunicó que, tras no sé qué reformas del articulo tal y el código forestal del año catapum, lo cierto era que el tema arborícola dependía en la actualidad, estrictamente, de la Diputación.

Lo malo del asunto es que, lógicamente, la Diputación queda en la capital, a ciento tres kilómetros de aquí. De todas maneras fuimos allá. Y de nuevo hablamos con el encargado del tema de la Tala de Árboles. Siempre amable y sonriente nos pidió que rellenásemos un papel pidiendo un permiso para realizar la tarea. Así lo hicimos, y firmamos (es decir, lo firmó Enrique, yo solo miraba).

“A los diez o doce días recibimos una carta de la Diputación. ¡Por fin!, exclamó mi marido, ya tenemos el permiso para talar el pino. ¡Ja! Era una atenta misiva en la que nos pedían que les remitiéramos un mapa de la zona con las coordenadas de la situación del arbolito en cuestión. Dirán ustedes que otra complicación más, pero no fue así porque uno de nuestros yernos es topógrafo y realizó el trabajo en un plis, plas. Y remitimos el mapa solicitado.

Pasó, tal vez, un mes, antes de que llegara la carta con el permiso. Eso fue esta mañana. Al abrirla nos dimos cuenta de que venían tres folios escritos en ambas páginas, por lo que mi marido se sentó en el jardín, en una tumbona (yo a su lado, en otra tumbona) e inició la lectura de aquel testamento.

Tras el consabido “muy señores míos, etc.” se iniciaba la serie de normas a seguir, a saber¨:
Número 1.- Emplear sierras manuales de característica tal y cual.
Numero 2.- Usar lubrificantes específicos de tales herramientas.

En realidad no recuerdo muy bien el resto de los apartados, pero hablaban de recoger los restos y donde guardarlos, que se tuviera a manos uno o dos extintores por el peligro de ignición, que si había rachas de viento de más de, creo que dijo de 40 Km/hora, habría que ser aplazada la tala por el riesgo de afectar el polvo y los detritus a los colindantes, calcular con exactitud donde caerá el árbol talado para evitar riesgos a los trabajadores; que tres días antes avisáramos al inspector de turno, cuyo número ahora mismo no recuerdo, para que se personara en el lugar de la tala y comprobara que las normas fuesen aplicadas con lógica y sencillez; que…”

Estalló el policía bajito: “Señora, por favor, termine de una vez que estoy a punto de tener un infarto.”

“Eso fue exactamente lo que le paso a mi Enrique, que le estalló el corazón y que al caer de la tumbona quedó bajo el pino resinero que le lloró con sus lágrimas de resina, mientras yo buscaba alguien que me ayudase a traerlo hasta aquí.”

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