Puigdemont, don Erre que Erre, ha convocado a sus leales a Bruselas, y a los leales del otro, de Junqueras, para pactar su investidura. Todavía los independentistas catalanes no se han enterado de que Puigdemont no va a ser investido. Son tercos como mulas, ignoran a los jueces y a las leyes y marean la perdiz, como esos equipos malos que ganan los partidos a fuerza de cansar al rival con jugadas inverosímiles. De nada vale su propio reconocimiento personal, vía móvil, de que el absurdo procés ha terminado; de nada vale el ridículo nacional e internacional que están haciendo. Aquí, en este lío, todos se creen una especie de mesías y no se dan cuenta de que están hundiendo a Cataluña en un pozo, sin ninguna posibilidad de que la situación se arregle si no es acatando la Constitución y sometiéndose a las leyes. No existe posibilidad alguna de investir a Puigdemont y que ejerza su cargo legalmente. Puigdemont parece más bien el papa Clemente Domínguez, aquel sonado que se construyó una catedral en El Palmar de Troya; ahora hace falta encontrar un obispo vietnamita que lo ordene, que tampoco puede ser Junqueras; primero, porque Junqueras no es vietnamita y segundo,porque tampoco es obispo, aunque lo parezca. Total, que se han ido a Bruselas en tropel las huestes soberanistas de Cataluña, a consultar al oráculo, que todo el mundo había pensado que estaba amortizado. Pues va a ser que nos dará todavía un poquito de lata, antes de que se meta en su casa de Waterloo a hacer puñetas, junto a Matamala y al mosso scarface que le sirve de guardaespaldas y le espanta a los turistas españoles que se acercan por allí a curiosear. Y es que, como dijo un torero cuyo nombre confundo, hay gente pa tó.
Don Erre que Erre
Puigdemont, don Erre que Erre, ha convocado a sus leales a Bruselas, y a los leales del otro, de Junqueras, para pactar su investidura
