Hay sujetos en este mundo que se localizan por sus creaciones; mejor dicho, por alguna de sus arquetípicas creaciones, esas que despliegan el ingenio hacia el ser y por la que puedes ver diáfanamente quién es el que así se muestra. Eso me ocurrió, por ejemplo, con el famoso anuncio de Calero y el armario empotrado. Ello decía del modo en el que el humorista era capaz de asumir los pormenores de la vida y reducir lo esencial a ese instante. Con Forges me ocurre lo mismo. Dicen que con el humor gráfico sucede como con el tango, que cada uno elige uno para comprender, para proyectarse. De Forges, que lo sigo desde hace cuarenta años, elijo uno, la viñeta de su matrimonio prototípico, Concha y Mariano, en la que el marido lee el periódico con unos brazos inmensos que llegan hasta el extremo más radical del dibujo y la mujer pregunta: “¿No crees que ya es hora de que vayas al oculista?”. Parece sencillo lo que manifiesta, y así es, pero no tanto, quiero decir, ha de reconstruirse. Y se reconstruye al sujeto que precisando usar gafas por la presbicia no lo hace, por temor a la vejez, por presumido, ufano… Al lado la visión mas eminente y básica del real, de lo que ha de ser. Y eso es Forges a lo largo de toda su trayectoria, un sujeto que se expone con una de las armas más difíciles a la par que terminantes del arte: la sencillez, la contundencia. Forges huye del barroco en sus dibujos; sus trazos son llanos y resolutivos; sus personajes, sus lugares, su mobiliario… se asumen por semejante rigor. Y es que Antonio Fraguas de Pablo vio la vida así, desde esa atalaya. Cuando Franco vivió, y al que él se resistió, cuando la transición o los sucesivos gobiernos de este país, alguno alucinante, como el que hoy vivimos, y sobre el que se expresó. Lo que el arte de Forges manifiesta es eso: líneas rectas, sin subterfugios, hasta el centro del problema, si es por la desmesura económica, por el abuso, por las radicales diferencias, por las nuevas tecnologías, por la comunicación o por los excesos políticos. Y es que detrás de esa actitud se encontraba un hombre íntegro, por su compromiso, por su responsabilidad, por su serenidad, por su capacidad, por su criterio, por su adeudo con la verdad, por su lucha en favor de los desposeídos, por los valores de la democracia y de la competencia civil, por los éticos y por los morales.
Un hombre, un artista popular, que valió la pena, y se hizo imprescindible en un país tan penoso y miserable, por lo general, como el nuestro.
