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Idiotas

Ahora que se va a acabar la mascarada, les digo que hacía falta ser muy idiotas para creer que España iba a soltar Cataluña, que es parte de España

Ahora que se va a acabar la mascarada, les digo que hacía falta ser muy idiotas para creer que España iba a soltar Cataluña, que es parte de España. Los catalanes, mayoritariamente, tampoco quieren salir de España y sólo unos miles de exaltados han creído en pajaritos preñados y en payasos como Puigdemont. Todo se acabó mucho antes de que las cámaras de Telecinco hubieran grabado a Puigdemont diciendo a su otro amigo fugado, Comín, que los suyos los habían sacrificado y que la república catalana -con minúsculas porque no era república, ni nada- se finí. Parece mentira que hombres hechos y derechos hayan sido tan idiotas como para creer que en un país democrático no funcionen las instituciones: los tribunales, las fuerzas de seguridad y, sobre todo, la Constitución, que está, precisamente, para preservar la unidad de la nación. Esto de Cataluña se acabó, pero es que no había empezado. Sólo eran mentiras, algaradas callejeras, forzamiento de las leyes y, sobre todo, mucha confusión nacional e internacional. Internacional, limitada la cosa a Bélgica, un no-país; porque desde que Puigdemont se atrevió a viajar a Dinamarca, con la primera experta que se cruzó, una joven profesora universitaria, Marlene Wind, ya lo dejó en ridículo. Los independentistas catalanes sólo tienen el discurso de la mentira y el equívoco. Nada más. Dar por válido un referéndum en el que las urnas ya llegaban cargadas de votos a los colegios electorales no es una consulta, es un carnaval. Y los carnavales tienen su final con el Entierro de la Sardina. Puigdemont está viviendo su Entierro de la Sardina. Ahora los suyos quemarán su muñeco en la Grand Place, junto a la placa que despotrica de los sicarios del Duque de Alba. La historia es muy jodida, salvando todas las distancias.

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