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después del paréntesis

Padres

La necesidad del padre es equiparable a su contrapunto, es decir, a su desaparición. Eso nos persigue. Desde el Romanticismo apreciamos tal afán complementario. Padre es el Dios sumo, el eje, la autoridad…, eso que ha de sustanciarse con la muerte. Somos dobles al respecto, luz y oscuro, Dr. Jekyll y Mr. Hyde… Freud, que ahora no se estudia en las facultades de psicología, lo sentenció: padre-canon e hijo que lo precisa; o lo que es lo mismo: nosotros más que el agente de la procreación, cosa que ha de resolverse antes de ser nosotros mismos padres.

La historia, la filosofía, la ciencia, la economía, las artes… nos dan claves. El hombre resolvió problemas con los métodos del siglo XVIII; ahora es imposible resolver problemas con los métodos del siglo XVIII. Y lo escribió el poeta norteamericano T. S. Eliot respecto a la literatura: es necesario tener padres, cuanto más importantes mejor, siquiera sea para matarlos. Si uno se arrima a esa evidencia, mira y descubre. Freud lo apuntó, ya digo: Dostoievski. La imposibilidad de matar al padre, afirmó, hace que el autor de Crimen y castigo ande por la senda del suicidio; la frustración del castigo hacia afuera se convierte en automutilación. Y recuerdo una anécdota atribuida a Roberto Arlt. Cuando enterraban a su padre, el autor de Los siete locos y Los lanzallamas jugaba plácidamente al billar en un salón de Buenos Aires. Alguien lo reconoció y se extrañó. Arlt respondió: “No me atormentes, che; quien es hijo de puta en la vida seguirá siendo hijo de puta después de muerto!”. Arlt, como su madre, creía que los cuerpos desaparecen, no los espíritus; es decir, le quedaba padre para rato. Y eso se establece: el doble que se cruza. Lo confirmamos cuando tenemos hijos; hijos que nos apropiamos para toda su vida, e hijos que siempre ponen en su sitio, e inevitablemente, a los padres.

El asunto es cuando los padres se exceden. Por ejemplo, construir obras con las que se encontrará el hijo en el futuro, novelas, cuadros, esculturas, catedrales o jardines. Todas contienen al padre, a veces para desazón del hijo; o porque no le interesa lo más mínimo su proyección ni siquiera en fotografías o porque ha de cuidar y perpetuar lo que construyó públicamente su progenitor. Si el sueño de nuestro otro es la perpetuación, lo llevamos claro. O pavor a la venganza con que te compromete el muy…, como le ocurrió a Hamlet o a Emma Zunz, o cobrar los derechos de autor, que sería lo oportuno.

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