Cada mañana del los domingos, muy temprano, aún de noche, un cierto personajillo se coloca ante el ordenador y comienza a escribir lo que recuerda del paseo del día anterior, idealizando algunos conceptos, coloreando ciertas imágenes y añadiendo de su propia inventiva detalles más o menos ciertos que observó en esa ocasión. Las fotografías que tiene, propias y de los amigos, le sirven para completar el cuadro y le ayudan a rememorar anécdotas e incidentes que pueden haberle ocurrido. Pero, ¿y si ese sábado no salió a pasear? Es igual. Se sienta en el sillón giratorio y cómodo que tiene ante su PC y empieza a teclear un paseo.
¿Conocen el Puerto de la Cruz? Bueno, es igual, porque vamos a deambular por sus calles y jardines, por sus plazas y playas, lo quieran o no. No digo que este pueblo sea lo mejor del mundo. No, ni mucho menos, pero es mi pueblo e intento obtener con estos párrafos una pintura del mismo más o menos amable, al mismo tiempo que incluyo fotografías de los lugares por donde vamos a caminar. Y vamos a iniciar el periplo en la Plaza de la Iglesia, el ombligo del Mundo, ya que por aquí cerca nació el que esto mecanografía.
Lugar este tranquilo y apacible, especialmente cuando en él no están mis nietos menores. Palmeras estilizadas, algunos dragos, estefanotes y otros árboles. Parterres perfectamente delineados y siempre bien provistos de flores de muchos colores, adelfas blanquirrojas y una araucaria que estira su largo tronco intentando mirar por encima de los tejados buscando la vista del Atlántico. En el centro del cuadrado que forma la plaza una fuente con el característico cisne de curvo cuello que arroja agua por su pico recuerda a un portuense artista, pintor y escultor: Marcos Baeza, que fue el primero en diseñar la escultura. Mirando al mar, pero sin verlo, nuestro paisano Agustín de Bethencourt reposa en espíritu para memoria de los que aquí nacimos, ya que su cuerpo quedó para siempre en las frías tierras de la Rusia de los zares.
A un lado los Grupos Escolares, que se llaman ”Tomás de Iriarte”, en homenaje a otro personaje portuense, miembro de la Ilustración, y cuya familia también dio otros nombres ilustres. Pienso que la de “El burro y la flauta” es una fábula muy aplicable en todo tiempo y a muchos congéneres nuestros. Sin señalar.
Al otro lado la iglesia de Nuestra Señora de la Peña de Francia. La salmantina Peña se entronca aquí, a la orilla del océano, con otro símbolo del Puerto: El Peñón, sin más adjetivos. La torre, relativamente moderna, pues fue construida a fines del siglo XIX, da la impresión de haber sido edificada con bloques de “lego”, compactos e iguales, si bien hay que reconocer el aspecto bien sólido que presenta.
Si bajamos por una de las calles que contornea la plaza, la de Quintana, y giramos a la derecha, continuaremos andando por la calle que lleva el nombre del ingeniero y podremos observar la casa donde nació. Allí durante muchos años estuvo instalado el Ambulatorio de la Seguridad Social, donde más de uno recordamos a Eduardito (que medía por lo menos uno ochenta), dando gritos para que los pacientes y familiares guardaran un poco de silencio. No se qué era mejor… Frente al ambulatorio el Parque de San Francisco, primero convento, luego ciudadela donde se hacinaban muchas familias que luchaban contra las penurias que rodeaban a las gentes de fines de los treinta y principios de los cuarenta.
Más modernos, entre comillas, los hoteles que se alzan al noroeste, el Monopol y el Marquesa, antiguas casas solariegas que, tras muchos avatares han terminado convirtiéndose en lugares donde se cobijan los turistas que nos vienen a visitar. Una cruz con pequeño jardincillo recuerda a los que murieron en la guerra civil, una contienda que sólo sirvió para crear más controversias y antagonismos. Entre esta zona y uno de los hoteles, la plaza respira los aires de las aguas marinas por el hueco que llega hasta la denominada “Punta del Viento”, nombre muy bien aplicado en esta ocasión, pues los embates de las ráfagas del aire suelen ser muy corrientes en esa otra plazoleta que se abre sobre el mar.
No quisiera cansarles más, especialmente después de haber recorrido ayer los bellos montes de La Esperanza, entre pinos y más pinos. Me he desahogado y la envidia que sentía se ha ido dispersando como esa niebla mañanera que podría haber encontrado al llegar a Las Raíces. Y esta vez no hay mapa final, pues un plano del Puerto de la Cruz sería algo ridículo para un montañero. Si han soportado la lectura de estos folios y aunque no me lo pidan, a lo mejor insistiremos otro día con más cosas de mi pueblo, haya cambio de munícipes o no lo haya, truene o luzca el Sol, pueda caminar por los senderos isleños “haciendo caminos “o resida en una silla de ruedas, les seguiré atormentando hasta que, espero, disperséis mis cenizas en los cantiles de Los Órganos.
