Cayó el pájaro catalán cuando cruzaba la frontera entre Dinamarca y Alemania, seguido por dos o tres coches del CNI. Se creía inmune a la acción policial y judicial. Viajaba por Europa como Pedro por su casa, se llenó de confianza, algo muy propio de los delincuentes cuando su detención se dilata. En un sitio tan cutre como es una gasolinera, la policía alemana cayó sobre él. Era la primera consecuencia de la euroorden de detención dictada por el Tribunal Supremo. Puigdemont está preso en una cárcel alemana y en los próximos días será entregado a la justicia española, en virtud de la legalidad europea, de la que ya empezábamos a dudar gracias a Bélgica.
Es uno de los máximos responsables del procés, que huyó como un conejo para no pisar la prisión. En realidad, esto va para largo, porque todavía hay muchos cabos sueltos. Artur Mas y Puigdemont iniciaron toda esta mascarada para salvarles el culo a los Pujol, presuntos ladrones que tendrán que aclarar comisiones y malversaciones que se les suponen. Cataluña no será independiente, ni ellos obtendrán el indulto. Se deberán sentar ante los tribunales y obedecer sus decisiones, como cualquier español. Los independentistas catalanes creyeron que un delito tan grave como el de rebelión, un golpe de Estado, iba a quedar sin castigo. Algunos huyeron. Tenían que haber pensado mejor las cosas antes de montar el follón del procés. Un procés que tiene mucho de pataleta de niño chico y que parte de un engaño: un referéndum ilegal, en el que las urnas ya llegaban llenas de votos a los colegios electorales. Y un consejo a Torrent: está actuando como lo hizo Diosdado Cabello en Venezuela, en sus tiempos de presidente de la Asamblea Legislativa: parece sólo el presidente de los suyos, no de todos. Y esto tendrá su castigo, tarde o temprano.
