Siempre he criticado a quienes dejan las cosas para el lunes, como deporte nacional que es. Yo creo que se trata de un invento de los funcionarios, que tienen fama de vagos (y hago las excepciones que sea menester). Pero ahora, a mis años, me han entrado unos deseos irrefrenables de dejarlo todo para el lunes. Pero todo: pagar el seguro privado, los recibos pendientes, todo lo que me permite mi modesta pensión. Me he vuelto un vago irredento, no sé si porque todo me importa ya un carajo o porque es más cómodo para uno relajarse y no estarle dando vueltas a la cabeza. El jueves le contaba a un amigo que me pasó lo de la canción de Mecano, que no me podía levantar. No me dolía nada, pero me entraron unas irrefrenables ganas de quedarme en la cama, por lo que inmediatamente llamé al médico, que me citó en su consulta, me recitó vitaminas y otro fármaco y espero estar mejor en los próximos días, como me aseguró. Todavía sigo teniendo el deseo de dejarlo todo para el lunes, pero espero que lo recetado me anime a hacer lo que tenga que hacer sobre la marcha, sin aplazar las gestiones para un día determinado. Entre otras cosas, porque llega el lunes y me agobio haciendo esto y lo otro y lo de más allá. En esto que me encuentro una lata de galletas inglesas llena de fotos de mi infancia y me he entretenido viendo lo buenas que estaban las amigas de mis tías y el tiempo que desaproveché. Sirvieron las fotos para transportarme al pasado, a los tiempos en que no me dolía nada y no necesitaba fármacos para calmar mi desasosiego. Pero, claro, entonces uno vivía de manera tan despreocupada que todo lo demás sobraba. Incluso las amigas de mis tías.
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