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Mi mal humor

El pasado lunes amaneció de golpe. Lo atribuí al cambio de horario, pero lo cierto es que me levanté con el pie izquierdo y la mañana se me puso cuesta arriba. Qué decir cuando un cortocircuito me dejó sin luz y, por consiguiente, sin termo eléctrico, sin la internet, sin televisión y sin ordenador. Tampoco pude cargar el teléfono móvil. Me senté en el sillón, abatido por la desesperación, para leer la novela de Alonso Guerrero, el ex marido de Letizia Ortiz, titulada El amor de Penny Robinson y muy bien escrita, que un amable cartero tuvo la amabilidad de traer a casa, muy temprano. Yo seguía, al mismo tiempo, dándole vueltas a la cabeza para buscar la causa real de mi mal humor. Al fin y al cabo, un enchufe se arregla, aunque, ¿saben cuánto me costó la broma?: 144 euros. No encontraba la razón, el motivo de mi cabreo, que bien pudo ser lo azaroso de la maldita mañana del lunes, un día que a mí -como a los zapateros- no me gusta hacer nada. Al final caí en la cuenta de que el motivo de mi desazón era el puto procés catalán, el seguimiento no ya de la detención de Puigdemont -merecida y al talego-, sino los comentarios contradictorios de los locutores de la televisión, esa misma madrugada. Cada canal tenía una versión distinta de los hechos y hasta el parcial y desprestigiado The Times salía con un editorial tendencioso y manipulado en favor de los independentistas, no me explico a santo de qué. Fue esa, sin duda, la razón de mi puto cabreo, pero ya he hallado la solución: no ver los telediarios sino, como dijo e hizo el fiscal Fungairiño, me dedico a los documentales de la BBC y, en mi caso, también a ver los de la National Geographic, de cuya organización soy miembro.

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