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Premio Reina Sofía

En estos días se ha anunciado la XXVII convocatoria del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, sin duda alguna la distinción más importante que desde 1992 se le confiere a la poesía en lengua castellana. Baste recordar algunos de los poetas que hasta ahora lo han ganado: Gonzalo Rojas, Claudio Rodríguez, José Hierro, Ángel González, Álvaro Mutis, José Ángel Valente, Pere Gimferrer, Nicanor Parra, Juan Gelman, Antonio Gamoneda, Blanca Varela, José Emilio Pacheco, Francisco Brines, Fina García Marruz, Ernesto Cardenal, Ida Vitale y Claribel Alegría. En esta nueva convocatoria, las postulaciones se reciben hasta el 19 de abril, el jurado anuncia su veredicto antes del 31 de mayo y el acto de premiación se fija en una fecha del cuarto trimestre del año. Por estatutos, corresponde a la Universidad de Salamanca, al Instituto de Patrimonio Nacional y a la Real Academia Española la conformación del jurado, en un número de miembros que está alrededor de diez. De la generación de poetas nacidos en los años 20, ya son pocos los maestros vivos que puedan merecer el premio, con la notable excepción del peruano Carlos Germán Belli (1927). Y si se mira hacia las décadas siguientes, los poetas Juan Gelman (1930), Antonio Gamoneda (1931), María Victoria Atencia (1931) y José Emilio Pacheco (1939) han sido los únicos de su década en obtenerlo. Ya después, el Premio se ha fallado con mayor flexibilidad, pues sin agotar otros nombres relevantes de los 30, ya ha premiado a tres poetas de los 40: Pere Gimferrer (1945), Antonio Colinas (1946) y Nuno Júdice (1949). Pero volviendo a la década anterior, muy rica en el caso de la poesía hispanoamericana, es sorprendente que un poeta como el venezolano Rafael Cadenas, nacido justamente en 1930, no haya ganado hasta ahora este premio, que merece con creces, pues si convenimos en que la gran poesía es también expansión y profundización de la lengua, pocas aventuras textuales han sido tan hondas como la de Cadenas.

Nunca en poesía ha sido aconsejable separar forma de fondo, pero si nos atreviéramos con la de Cadenas, podríamos admitir que, en el plano formal, la suya postula una refiguración de la lengua, en la que las palabras aparecen desnudas, ansiosas por redescubrir su origen virginal; y que, en el plano de fondo, su poesía hurga por la celebración del instante: “Flor,/ el que te mira/ en este instante/ se aparta/ para hacerte sitio”. En síntesis, la poesía de Cadenas cuestiona una sacrosanta institución de Occidente, la del Yo, para abrirse a la instancia del Ser, más cercana a la escuela de los presocráticos. Se podría entender que esta hazaña verbal es muy riesgosa, además de poco potable para jurados de corte aristotélico.

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