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Una mujer desnuda

Le robaré el título y el poema a Benedetti para recordar a un ser tan querido, que hubiera cumplido años en estos días. No la puedo, ni la quiero, apartar del pensamiento. Una vez, en la radio, que yo hacía desde la cama, la vi caminando por la habitación y recité este poema al mundo: “…una mujer desnuda y en lo oscuro/ es una vocación para las manos/ para los labios es casi un destino/ y para el corazón un despilfarro/ una mujer desnuda es un enigma/ y siempre es una fiesta descifrarlo”. Un amigo común que me escuchó, la llamó para decirle: “Qué bonito y cómo lo ha contado”. En realidad no fui yo, sino Benedetti y Serrat, que musicó el poema; y yo le puse a ella la canción de fondo, mientras le recitaba, bajito, aquellos versos. Momentos inolvidables que, desgraciadamente, no pueden repetirse, pero sí escribirse, y que regalo al que quiera entenderlos. “Una mujer desnuda y en lo oscuro/ tiene una claridad que nos alumbra/ de modo que si ocurre un desconsuelo/ un apagón o una noche sin luna/ es conveniente y hasta imprescindible/ tener a mano una mujer desnuda”. Ella fue la última y la definitiva, no habrá más. Así que no me saquen rumores, que yo sigo con ella aunque no esté, porque sé que me espera en un lugar ignoto. Y quizá entonces aparezca, recitando el poema de Benedetti, con la música de Serrat. Notará que ha llegado la hora de estar juntos otra vez; sonará una emisora de radio, la radio que hacíamos juntos cada mañana, tantas veces abrazados: “Entonces dominguea el almanaque/ vibran en su rincón las telarañas/ y los ojos felices y felinos/ miran y de mirar nunca se cansan”. Hace pocos días fue su cumpleaños, aunque los haya cumplido lejos de aquí. O cerca, quién sabe.

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