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Ya no quedan colores

Con tanto lazo, se han acabado los colores. Azul para el PP, rojo para el PSOE, morado para Podemos, amarillo para Guardiola, naranja para Ciudadanos y violeta para la mujer

Con tanto lazo, se han acabado los colores. Azul para el PP, rojo para el PSOE, morado para Podemos, amarillo para Guardiola, naranja para Ciudadanos y violeta para la mujer. Los gays y lesbianas se han apoderado del arco iris entero. De momento, los jubiletas no tenemos color, a lo mejor hay que inventarse uno. El color está presente en el amor de los ruiseñores. Hay una canción preciosa, que cantaba Joselito en mis tiempos niños, que decía: “Una vez un ruiseñor/con las claras de la aurora/quedó preso de una flor/lejos de su ruiseñora. Esperando su vuelta en el nido/ella vio que la tarde moría/ y en la noche, cántándole al río,/medio loca de amor le decía: “¿Dónde estará mi vida/ por qué no viene?,/¿qué rosita encendida/me la entretiene? Agua clara que caminas/entre juncos y mimbrales/dile que tienen espinas/las rosas de los rosales;/ dile que no hay colores/que yo no tenga/que me muero de amores,/dile que venga”.

Ya no quedan, pues, colores, atrapados por una rosa o dispersos entre los juncos y los mimbrales, pero yo no vi poesía -aunque sí alegría- en la reivindicación callejera de la mujer, ni sentí cantar estrofas tan bellas, como una folía que escuché el otro día en el Internet: “Si lo ves comprando amores/por la calle del olvido/dile que lo perdoné/dile que vuelva conmigo”. Yo creo, ya puestos, por fin, que hombres y mujeres están condenados a entenderse, bien por la vía de los lazos de colores, reivindicativos y chillones, o por la de toda la vida: el amor. Me echarán la culpa de que me tomo la cosa con menos poesía que ironía; me da igual. A estas alturas de mi vida los lazos me importan un huevo y, desde luego, creo en la igualdad, pero, sobre todo, en la igualdad de la inteligencia.

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