Le he cogido tirria al cartero, porque sólo me trae, por lo general, malas noticias. Cuando no es el sobre negro de Hacienda es un papel del Ayuntamiento reclamando algo. Ya no trae el cartero giros postales, como en la época de estudiante, ni aquella bonita postal de colores, cuando te pedía el aguinaldo en la Navidad. Ahora transporta mercancía de China y certificados que te ponen la piel de gallina. A veces te deja el catálogo de Ikea, aunque eso creo que lo reparte un propio, no el servicio de Correos. Lo cierto es que yo, para ahorrarme el cabreo, lo que hago es no abrir la puerta. Oigo el timbre y me pongo a silbar y así no vivo incomodado durante el resto del día. Además, me levanto tarde -recuerden que soy un jubileta- y no me da la gana de atender visitas incómodas a la hora en que el cartero toca en mi puerta. Lo peor son los lunes. El reparto de los lunes es endemoniado porque los lunes son los de las malas noticias.
Por eso los zapateros no trabajan ese día, aunque las cosas han cambiado. Además, los lunes pasa por delante de mi ventana el afilador, tocando la armónica. Y ya saben lo que eso significa, según dicen los gallegos -todos los afiladores son gallegos-. Me da igual que el cartero siempre llame dos veces, yo no abro la puerta. Si quiere, que toque en otro piso y que deje el aviso en el buzón, que ya veré si lo atiendo y me doy el paseo hasta Correos. El cartero dirá, en su descargo, que pague yo lo que debo y así no me molestaría. Y tiene razón, pero ¿cómo?.
