El otro día me lo pensé dos veces antes de escribir mi opinión sobre un tema de interés en una entrada en Facebook. Al final no lo puse. Y no lo hice por miedo. Poner lo que piensas en una ventana pública al mundo es tan grave que te puede costar dinero, libertad y, en algunos casos, hasta la vida. Cuatro coches y dos furgonetas de la policía despertaron el pasado jueves a los vecinos de Barrio Nuevo, en Tenerife. Todos imaginaron lo obvio: un delincuente muy peligroso andaba suelto en la zona. Pronto supieron que se habían llevado esposado a su vecino, el activista Roberto Mesa, a quien se le acusa de delitos contra la corona, después de haber escrito lo que pensaba de nuestra monarquía en las redes sociales. Pocos días después de que nuestros reyes hayan sido objeto de análisis y crítica en todos los medios de comunicación por sacar a la luz en un acto público y religioso lo que ellos piensan de sí mismos. En los últimos años -a través de leyes con apellidos tan feos como mordaza- nuestros políticos se han empeñado en mermar la libertad de expresión, en legislar en contra del pensamiento libre, en impedir que se escriba en redes sociales lo que muchos ciudadanos piensan, en prohibir que saquemos fotos cuando seamos testigos de algunas injusticias y abusos por parte de las fuerzas de seguridad del Estado.
Hoy España está al revés. Un revés a la democracia. Está al revés porque los políticos ladrones son ya una raza normalizada; porque cuando a alguno de esa raza a la que se le presupone ejemplo y decencia se le pilla en un fraude o en una mentira es capaz de poner en jaque a toda una universidad antes de perder la silla del poder e irse para su casa; porque muchos que delinquen con gravedad se mudan a Suiza; porque a la cultura -que es sinónimo de progresía y evolución- se le pone un bozal: ¿en qué cabeza cabe que a un joven se le multe por colgar una foto emulando a Jesucristo, o que se juzgue a un rapero por el contenido irreverente de sus letras o que al actor Willy Toledo le cite un juez por blasfemar contra la Iglesia? Cuando era un niño, recién salido de una dictadura, recuerdo cómo mi padre se cagaba en todo bicho viviente, con sus nombres y apellidos, y no pasaba nada. Como mucho se llevaba una reprimenda de mi madre o si lo repetíamos los hijos ambos nos amenazaban con lavarnos la boca con lejía, siendo ese el mayor de los castigos. Recuerdo ir en coche y preguntar qué significaba eso de Canarias Libre o Fuera Godos, los textos que teñían decenas de muros canarios (fue el principio de las redes sociales). Me lo explicaban los amigos más revolucionarios que escuchaban a Silvio o a Taller Canario. Y no pasaba nada, ni Canarias se independizó ni se hizo imposible la convivencia con nuestros amigos peninsulares. Aquellas expresiones gruesas junto a aquellos lemas protesta forman parte de una vida en libertad, en donde hay que aprender a respetar a los que piensan muy diferente a nosotros. Y gracias a esa pluralidad crecimos más libres, más críticos y sin miedo. Ese miedo que ahora asoma cada vez que queremos opinar de algo.
Este mundo ya no es el nuestro o al menos no es el que nosotros habíamos pensado. Por eso guarden a buen recaudo sus opiniones o pensamientos y limítense a colgar en Facebook las fotos con las que contarle al mundo lo bien que se lo están pasando.
