el charco hondo

El amarillo imaginario

Hay quienes endilgan la responsabilidad a Molière, que al morir pocos días después de interpretar El enfermo imaginario, vistiendo de amarillo, provocó que ese color fuera desterrado de los escenarios

Hay quienes endilgan la responsabilidad a Molière, que al morir pocos días después de interpretar El enfermo imaginario, vistiendo de amarillo, provocó que ese color fuera desterrado de los escenarios. Claro que no acaba ahí la maldición. El cristianismo lo identificó con el azufre de los infiernos, asociándolo con el orgullo o la falsedad. Se empleó para alertar las epidemias, o para marcar con el amarillo a herejes y apestados, incluso para colorear al sindicalismo que traicionó la lucha de clases o calificar al periodismo del morbo. En el XIII el Papa Inocencio lo excluyó de las liturgias, y ahora, en pleno siglo XXI, los eslóganes sobre fondo amarillo han sido prohibidos en España, instrucción promovida por obra y gracia de quienes, exhibiendo su sinsentido de Estado, con su torpeza y sus provocaciones gratuitas están dando respiración asistida al independentismo catalán, que a estas alturas posiblemente siga en pie no ya por el empuje de los separatistas sino por los errores de los separadores a los que, entre otros absurdos, se les ocurrió éste de confiscar mensajes escritos sobre camisetas amarillas en las puertas de un estadio de fútbol. Un país que confisca colores es un país desorientado y con serias dificultades para gestionar sus libertades más elementales.

El amarillo no aumenta el riesgo de violencia, perseguir o confiscar un puñetero color es lo que engorda la tensión, los fantasmas, el fraccionamiento social, el desencuentro y la herida que ha abierto la farsa del independentismo, y también a los bárbaros que señalan, amenazan e intimidan disfrazados de revolucionarios. Abuchear a alguien es un síntoma de fracaso o inmadurez. Silbar un himno es una señal de mala educación. Considerar presos políticos a los separatistas que están en la cárcel es faltar al respeto de quienes en otras realidades sí sufren la condición de presos políticos (por más que no se entienda bien que Junqueras u otros vivan su proceso en prisión). Y perseguir un color, confiscar camisetas amarillas, es la demostración de que el sinsentido de Estado de algunos está haciéndole un flaco favor al sentido de Estado, a la oportunidad de dejar de alimentar al independentismo con acciones tan innecesarias como inflamables. Ni Molière murió por ir de amarillo ni Cataluña se ha roto por culpa de un color.

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