En el lamentable asunto del máster de Cristina Cifuentes se impone una primera reflexión. Cabe preguntarse por qué nuestros políticos se afanan en exhibir títulos académicos, y le conceden tanta importancia a esos títulos que están dispuestos a inventarse algunos o a obtenerlos fraudulentamente, arriesgándose a ser descubiertos y a perder sus carreras y su imagen. Por supuesto, no voy a ser yo quien niegue la importancia de tales títulos, pero, desde luego, entre las múltiples razones por las que un elector vota a un político, los títulos ocupan un lugar decididamente modesto y secundario, si es que ocupan alguno. No obstante, el fenómeno existe, y estos días podemos comprobar que el escándalo del máster de Cifuentes ha generado una marea de rectificaciones y cancelaciones en los currículos publicados de multitud de políticos. También se ha constatado que la propia presidenta madrileña ha ido cambiando o transformando su currículum en los últimos veinticinco años, protagonizando un baile sucesivo de titulaciones.
La segunda reflexión que genera este asunto tiene que ver con los apoyos, los aplausos y los comentarios favorables que está recibiendo la señora Cifuentes, sobre todo desde los ámbitos del Partido Popular. Lo sucedido está siendo investigado por una inspección interna de la Universidad y por la Fiscalia. La presidenta aduce entonces que hay que esperar a los resultados de esas investigaciones, y que, en cualquier caso, las presuntas ilegalidades e irregularidades se cometieron por la Universidad, por lo que ella, en cuanto alumna, no tiene ninguna responsabilidad. Pero el argumento es falaz. La cuestión clave no es si el trabajo fin de máster existe o no. La cuestión clave es si fue defendido o no. Cifuentes ha asegurado que sí, y ha esgrimido un acta firmada por tres profesoras para probarlo. Sin embargo, las profesoras han reconocido que el acta es falsa, igual que la firma de dos de ellas, imitadas por la tercera, y que nunca se produjo tal defensa ni ellas evaluaron ningún trabajo. Por lo tanto, queda probado más allá de toda duda razonable que Cifuentes miente. Para defenderse, ha llegado a afirmar que defendió el trabajo frente a tres personas. ¿Quiénes eran esas personas, que, además, tienen que ser mujeres porque así lo ha reconocido la presidenta al esgrimir el acta falsa? ¿Eran tres señoras que pasaban por allí? ¿Eran tres señoras del servicio de limpieza de la Universidad?
La prueba fehaciente de su mentira hace incompresibles los apoyos, los aplausos y los comentarios favorables. La evidencia es tan abrumadora que destruye su presunción de inocencia y vacía de contenido el “hasta que no se demuestre lo contrario”. En lugar de forzar su dimisión inmediata, Mariano Rajoy, como hizo en los casos del anterior presidente de la Región de Murcia y de la senadora Pilar Barreiro, está prolongando una agonía sin remedio, que tiene un probable final anunciado e inevitable y que está desgastando muy intensamente a los populares. Pero Rajoy y su indolencia se están convirtiendo en uno de los peores enemigos de su partido. Un selecto club al que ahora se une Cristina Cifuentes.
