Venimos asistiendo en medios a una creciente banalización del arte, que afecta a todo el cuerpo social, en una sociedad global que erosiona la posibilidad del pensamiento complejo. Se ha diluido el valor de la crítica cualificada, frente a una opinión pública sostenida en el discurso de las redes sociales. Vemos en diversos medios posturas en relación al arte que van más allá de lo que nos pide una sociedad abierta. Se olvidan sus contenidos históricos y culturales. Citamos ejemplos. El cuadro de Teresa soñando (1938), Balthus, en el Metropolitan de Nueva York, dio pie a través de las redes al discurso en contra del movimiento MeToo, que pretendía censurar la obra, porque aborda el tema de la lolita. También en la Manchester Gallery censuran la obra prerrafaelita de Waterhouse Hylas y las ninfas (1896), donde Hylas subyuga a un grupo de ninfas semidesnudas.
La campaña publicitaria de la Oficina de Turismo de Viena le da una vuelta al tornillo, con las obras de desnudos explícitos de Egon Schiele (1890-1918), donde censuran el sexo vendiendo que no pueden mostrarlo a pesar de estar cumpliendo 100 años. Lo que en su línea hace Facebook, en lo políticamente correcto, censurando la Venus de Willendorf, que solo tiene 28.000 años. Procesos de censura sufridos también por La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix (1830), en el Louvre. O la más explícita pintura de Gustave Courbet El origen del mundo, (1866), en París.
La razón ilustrada ha dejado paso al multiculturalismo, donde el saber es fragmentado y no busca la verdad, sino la rentabilidad económica o política. Con la primera en nuestra sociedad global, el arte demuestra su utilidad como “valor de cambio”, donde se transaccionan ahora las piezas singulares, por encima de 100 meuros. Consecuencia de que el arte se ha convertido en un instrumento para indagar en el pensamiento posmoderno, conocimiento y habilidades extremas. Tiene el arte la capacidad de imaginar, anticipar el futuro, de ahí su valor. Por eso en las sociedades totalitarias se le prohíbe, como a las religiones, porque ambos por definición son antisistema. El Estado siempre se desarrolla a expensas de limitar las libertades individuales. Al tiempo impone un igualitarismo moral bajo el disfraz de lo democrático, lo que exige reducir las capacidades individuales, homogeneizar el arte. Como toca situarnos, lo hacemos con dos ejemplos. Manolo Millares (Las Palmas de Gran Canaria, 1926-Madrid, 1972) y Ernesto Valcárcel (Santa Cruz de Tenerife, 1951). En la expo abierta el pasado viernes en Artizar, La Laguna, Ab initio, se exponen obras de E. Valcárcel desde 1972. Toda la obra expuesta es predemocrática y en ella Valcárcel, veinteañero entonces, nos ofrece piezas cargadas de sexo, de reproducción y de muerte. Coincidiendo con el año de la muerte de Millares, con impulso expresionista, orden y complejidad. Espiritualidad, simbolismo, destrucción y sufrimiento. El paso del tiempo. Como decía Juan Manuel Bonet, de todos los canarios, “el surrealismo” es un ingrediente sustantivo de las realidades insulares, tesis que alguno liga a la necesidad de sobrevivir en medios física y espiritualmente limitados. Por eso muchos de nuestros grandes artistas se han hecho fuera. Valcárcel en esta exposición, es español, en color, temas y espíritu. Como Cristino de Vera, Millares, Óscar Domínguez o Luis Alberto Hernández. Nocturnos, pesimistas y espirituales. Todavía al final del franquismo, cuando el arte venía anticipando la libertad de la nueva sociedad española. En esta época el ambiente artístico, y debemos decir también social y político, era más liberal, maduro, creativo y tolerante que hoy. MeToo.
