Había visitado Falca, la isla de los espléndidos bosques de cedros, en varias ocasiones. Nunca oí hablar de depósitos naturales de agua. Sí, en efecto, existían varios ríos, no muy largos y sin gran caudal de líquido, pero de lagos o lagunas nunca llegó a mis oídos noticia alguna. Incluso mis amigos más íntimos comentaron jamás de la existencia siquiera de un embalse, una presa o de un estanque. Hasta que un día, observando un mapa de la isla, en el Ministerio de Enseñanza, donde poseía algunos contactos con catedráticos y ayudantes que solían aclararme muchas de las numerosas dudas que me asaltaban cada vez que visitaba esta isla mágica, me fijé que en la parte norte, donde la cordillera parece partir en dos a la isla, y casi adosado al mar, figuraba una especie de mancha circular. Pregunté que era aquello y me contestaron un poco al desgaire, como si “aquello” fuese algo intranscendente y sin mayor interés para el público en general y, sobre todo, para un extranjero cotilla que tenía fama, dentro del ámbito de los de arriba, de complicar las tranquilas costumbres de la isla de los cedros, ”es La laguna”. Y punto.
Naturalmente aquello me acicateó y poco tardé en buscarme un mapa de carreteras (donde por cierto no aparecía la dichosa “laguna”) y situar mi objetivo en unas coordenadas aproximadas. Realmente no era difícil, porque el embalse o lo que fuese quedaba justo en la parte más al norte de la isla, al oeste de la cordillera y cerca de donde había estado yo una vez intentando aprender a cazar el barregó (siempre con la “ó” acentuada, no lo olviden).
Preparé una mochila con toda la impedimenta que se me ocurrió, cantimplora, machete, ropa de abrigo, buenas botas, etc. Llevaba además algo que siempre hace falta en Falca, valor y buenas intenciones. Tras alquilar un todo terreno que me pareció fuerte y duro, partí hacia el norte por la mala carretera que transita desde la capital al puerto de Legro (la única autopista que existe entre las dos ciudades va bastante al sur y me apartaba del lugar adonde quería llegar).
No fue fácil alcanzar mi diana. Mala señalización, vías en muy mal estado y total mudez en los campesinos que encontré en el camino. Nadie parecía conocer el lugar ni la existencia de un depósito de agua en aquella prácticamente desértica zona. Pero tenaz y obcecado, tras muchos giros, marcha atrás y vueltas a la redonda, llegué a un punto en las primeras estribaciones de la sierra que quedaba elevado sobre el entorno, trepé andando hasta una especie de mirador natural y desde allí, casi a mis pies, contemplé un gran charco de agua. Por fin.
Bajé como pude, saltando a veces entre rocas, matorrales y algún enebro de verdor disimulado bajo una gran capa de polvo, y me acerqué al borde del gran estanque.
Silencio total. No corría brisa y… Si no corre aire ¿Por qué en la superficie del agua se formas cabrillas y hasta pequeñas olas que rompen, eso sí, en silencio, casi a mis pies? Algo no cuadraba en el paisaje, pero me interesaba sacar unas fotos y me acerqué más a la orilla. ¡Horror! De pronto me vi envuelto en una nube de insectos (más tarde descubrí que eran moscas) que me atosigaron sin parar. Retrocedí trastabillando, estuve a punto de caer al suelo, de lo que me salvó una rama de algún árbol cercano a mi persona y, afortunadamente, desaparecieron las moscas.
Se palpaba en el ambiente algo así como odio, aversión y repugnancia, como una muralla de fobia al extranjero que se inmiscuía en su tranquila y acuática vida. Pero ¿de verdad existía un engendro entre las ondas que provocaba todos los fenómenos que había observado? ¿Y las moscas? Tal vez fuesen esclavos a las órdenes del leviatán y solo recibían órdenes de él. El hecho es que me encontraba mal, de cuerpo y mente y, tras varios intentos para obtener una buena fotografía, mientras circunvalaba la laguna, terminé por abandonar. Parecía existir una línea imaginaria que no se podía traspasar sin correr el riesgo de sufrir un ataque de los dípteros, así que me dediqué a observar el agua, que ahora aparecía tranquila, sin movimientos en su superficie. De pronto, casi en el centro de la laguna surgió un geiser de agua que duró unos pocos segundos; pero más tarde apareció otro, incluso más potente pues me pareció que alcanzaba mayor altura y otro a los pocos segundos casi en el lado opuesto del gran depósito de aguas. ¿Se trataba de un animal acuático, como una especie de ballena de agua dulce, que vivía en las oscuras aguas de la laguna? ¿Podría ser, acaso también, el causante de las olas grandes o pequeñas que agitaban la superficie de vez en cuando y que azotaban las orillas sin hacer el menor ruido?
La nube de moscas impedía el acercamiento y el estudio, con calma, de lo que allí pasaba, así que, finalmente, abandoné el lugar.
Unos días después, en la capital, pregunté a mis amigos íntimos sobre el particular. No supieron o no quisieron contestarme. Otro secreto de Falca que queda allí, en la isla, guardado en su caja de caudales de la magia y de lo absurdo.
Lo cierto es que pocos habitantes de la isla conocen la existencia de la laguna. Y los que la conocen dicen simplemente eso: La laguna.
