Durante mi secular insomnio, muchos días me asomo al balcón, de madrugada, para comprobar su automatismo. El del taxista que pasa con la luz verde encendida, el de la señora que limpia el suelo del banco, el del camarero que levanta trabajosamente la pesada persiana de hierro del bar y enciende la máquina de café. El automatismo de las ciudades ya lo contó Julio Camba, hablando de Nueva York, lo que provocó una glosa/crítica de N.Y. en La ciudad automática. Menos mal que el cronista no conoció el automatismo de las máquinas contestadoras de las empresas telefónicas, que casi nunca te resuelven nada antes de pasarte con un asesor, que es quien soluciona tu problema, si tienes la suerte de que esté en Sevilla o en Valladolid y no en Medellín; el colombiano no sabe nada de nada porque no se entera de dónde sobrevive esta isla, ni muchas veces te entiende lo que le dices.
Pero, claro, es más barato que el sevillano. Yo he pasado verdaderos momentos de tensión con esas máquinas y con esas compañías que te amenazan con que la llamada será grabada “para tu seguridad”. ¿Qué coño para mi seguridad? Para la seguridad de ellos. Lo peor es que el banco, en su celo recaudatorio y poco dado a hacer favores y a conceder descubiertos, te devuelva un recibo; entonces estás perdido. Y te espera una semana de llamadas de la misma máquina para que le digas cómo has sido atendido, de 0 a 10, y salvar ellos el culo ante las organizaciones de defensa de los consumidores. Vivimos, pues, dentro de una gran mentira, de la que nadie quiere salir, porque no interesa, y estamos, cómo no, en manos de los poderosos, de los dueños de esas máquinas automáticas que terminan poniéndonos de los nervios. Y robándonos 30 euros por “restablecer” la conexión.
