Stefan Löfven trabaja en un país que disfruta de uno de los mejores estándares de vida del planeta, un modelo que crea empleo, redistribuye adecuadamente la riqueza y ofrece a sus contribuyentes un eficaz sistema de protección social. En su currículum se lee que el primer ministro de Suecia, Stefan Löfven, es obrero soldador. No le ha hecho falta cubrirlo de guirnaldas, másteres, fuegos artificiales, posgrados u otros aditivos. Es obrero soldador, punto final, y seguirá siendo primer ministro si lo hace bien o dejará de serlo si los suecos concluyen que no está preparado para ese trabajo. España es diferente. Somos un país que tardará generaciones en sacudirse esa titulitis que sigue creyendo tener en la universititis su planta noble. Quienes falsifican incurren en un delito, y aquellos que se limitan a inflar, exagerar o dopar sus currículos lo hacen para mejorar su posición orgánica de cara a cargos o listas electorales, todo bien rebañado con importantes dosis de una vanidad preadolescente -por cierto, esto de proponer que el Parlamento canario exija acreditar el currículum es de patio de escuela, ¿y por qué no comprobar cuando sus señorías llegan a la Cámara que vienen con los dientes bien cepillados o que hicieron la cama antes de salir de casa?-. El dopaje curricular se sitúa más en el departamento de asuntos internos de partidos con cuadros en los que, dada su fragilidad, un máster o un posgrado permite al aspirante colocarse dos o tres escalones por encima del resto (siempre y cuando complete su baza académica con el arte de estar donde hay que estar, y con quien hay que estar, en cada momento). La tentación de maquillarse con polvos curriculares atiende a la titulitis que los españoles tienen incrustada en el tuétano; y, en el caso de los políticos, a la urgencia de cubrirse de doctorados para despejar cualquier duda sobre su presunta capacidad, obviando que no necesariamente lo uno garantiza de forma automática lo otro. Si exageran antes de asumir responsabilidades públicas, qué no harán cuando las tienen. España es diferente. No cabe en cabeza alguna imaginar en este país a un aspirante que muestre con razonable orgullo su condición de obrero soldador.
