Están a la greña Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal. Y cuando dos mujeres se cogen tirria, aunque estén allá arriba, eso es para siempre. A mí se me olvidan los enemigos. Una vez se me olvidó que estaba peleado con mi amigo Elfidio Alonso, me lo encontré con su tía María Rosa en el Mencey y le di un abrazo. Imaginen ustedes la profundidad del enfado. Pero estas dos, no; estas dos se pelean por el poder, que es una pelea grosera y cáustica a la vez y eso es para siempre. No existe posibilidad de reconciliación, ni que lo ordene Mariano Rajoy, que tiene un partido de trincones de aquí te espero y así le va en las encuestas. Soraya y Cospedal se ponen sillas de por medio en los actos públicos, evitan ir a comer juntas, aunque sea en grupo, y se odian cordialmente en las fotos de prensa. Creo que las dos son abogadas del Estado, una controla el CNI y otra el Servicio de Información Militar, que antes se llamaba la Segunda Bis, en tiempos de la oprobiosa. Yo, cuando cuarteleaba, conocía a gente de la Segunda Bis y lo sabían todo los tíos -porque tías no había-. Los del CNI también lo saben todo, menos cuando reclutaron -o algo así- al pequeño Nicolás, que era como Anacleto agente secreto. Cospedal y Soraya no se puede decir que sean dos gallos, pero sí dos gallinas, matronas de corral, que mandan mucho en el PP, cada una en su sitio. Una en la Moncloa y en el alma de Mariano, otra en Génova y en los cuarteles. Cada vez hacen más patente su enemistad, no se dirigen la palabra y se evitan en lo que pueden, aunque no siempre lo consigan. Se llevan peor que Letizia y Sofía, que ya es decir.
