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Bragas en el camino

El director de un viejo periódico en el que trabajaba me censuró un único artículo en los años oprobiosos

El director de un viejo periódico en el que trabajaba me censuró un único artículo en los años oprobiosos. Contaba yo que, circulando por una carretera local, en la soledad y en la oscuridad de la noche, iluminado su color rojo hermoso por las luces de mi coche, me di de frente con unas bragas, abandonadas en el centro de la vía. Yo sigo teniendo la manía de contarlo todo, pero mi director interpretó entonces que el periódico podía ser censurado por la autoridad por el relato de las bragas, sin duda de calidad, que su propietaria había lanzado por la ventana, quizá como un acto de liberación y de protesta.

Yo había detenido el coche, por respeto a la prenda solitaria, pero no la recogí; la dejé allí, abandonada a su suerte. Muchos años más tarde, cenando con un entonces joven político en Los Limoneros, recaló por el restaurante una jovencísima aspirante a un cargo en el partido. La conversación fue subiendo de tono y, con el entusiasmo tan propio de la pasión, ella fue al baño, se quitó las bragas y se las entregó, como un trofeo, como una insinuación o como un homenaje, a su compañero de partido. Lo cierto es que acabaron en mi bolsillo: olían bien y volvían a ser rojas como un corazón. Es curioso que en dos ocasiones de mi vida me haya topado, sin yo quererlo, con dos prendas iguales, un tanto abandonadas, con muchos años de diferencia. Mi amigo temió que su mujer entrara en el secreto y me entregó a mí la prenda, que yo colgué del control de Radio Burgado, como a un personaje en busca de autor. Naturalmente que nadie las reclamó jamás, no tenía su dueña por qué saber que estaban allí, ni yo jamás revelé la identidad de su propietaria, que aquella noche se fue, cogiendo fresco por el zócalo.

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