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el charco hondo

Cena de padres

Cuando nuestros padres salían a cenar con otros padres, allá por los setenta u ochenta, entonces sí, aquello sí eran padres-padres. Ahora es distinto. En aquellos años, entonces sí, los padres eran señoras y señores mayores que hacían cosas de padres, vestían como padres, hablaban, bebían, comían, quedaban y volvían como hablan, beben, comen, quedan y vuelven los padres-padres, los de antes. Todo era diferente. Nada que ver con ahora, qué va. Fueron años (aquellos, entonces sí) en los que cuando otros padres de cuarenta y tantos venían a casa, al verlos veíamos señoras y señores mayores-mayores. Claro que eso fue en los setenta, ya no, y sin punto alguno de comparación. Ahora cuando los padres quedamos para cenar (esta noche, pongamos por caso) somos chicas y chicos con edades tan anecdóticas como indeterminadas, tú sabes, seres atemporales que salimos a picar algo, y lo mismo caen unas copas, y tal. Somos padres, sí, pero también hijos de un siglo en que los años han decaído como unidad de medida o referencia, y es que, en fin, qué contarte sobre cómo la esperanza de vida lo ha trastocado todo. Acumulamos tantos años como aquellos que venían a casa, es cierto, pero nada que ver. Cuando quedamos con amigos nuestros hijos ven salir de casa a quienes -nosotros- a sus ojos somos tan padres-padres como los padres-padres que, de niños, veíamos arreglarse porque habían quedado con otras señoras y señores tan mayores como ellos, vale, pero ahora es otra cosa, ya te lo digo yo. Somos padres, es cierto, pero ni de lejos aquellos padres-padres. Tenemos la edad que ellos tenían y salimos como ellos salían, pero somos diferentes. Si recapitulamos caemos en que cada vez repetimos con mayor frecuencia las frases que utilizaban aquellos padres-padres, algo de eso hay, pero somos distintos. Somos padres porque tenemos hijos, poco más, bueno, y porque antes para salir a cenar bastaba con cruzar la puerta y ahora, aunque no somos padres-padres, nos pegamos una semana montando una logística paramilitar para dejar a los niños, tirando de un grupo multidisciplinar que exige sí o sí un equipo de élite que nos gestione las primeras horas de la mañana. Antes los padres se pegaban el día llevándonos y trayéndonos, diciéndonos lo que debíamos hacer o lo que no. Ahora también, pero ellos eran padres-padres, señores mayores. Nosotros no. Somos padres, a secas; cómo decirlo, somos hijos grandes que tienen hijos, digámoslo así.

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