Te miré tan fijamente esta madrugada que, sin querer, me vi dentro de tu foto. Y entonces me puse a recordar cuando paseábamos por el puente de Brooklyn, tú asombrada de tanto trajín y yo emocionado por llevarte. La foto que tengo en el despacho, siempre delante de mí, se convirtió hoy en pasadizo para estar un rato contigo y tú siempre sonreías, pero casi nunca quieres que sueñe contigo, sino que los sueños se me escapan más atrás, en estas noches en que no se ha marchado el frío del todo, ni tampoco quiere instalarse el calor. La tristeza de escribir junto a ti en la clínica, compulsivamente, para intentar mitigar el dolor que me producía verte, transmitiendo a los desconocidos lectores una radiografía del dolor, se convierte ahora en alegría al estar dentro de tu foto y cerca de tu sonrisa, tan agradable; sabías que te tenías que despedir, pero seguías viviendo intensamente. Me has dejado entrar en tu foto; menos mal, creía que ya no me querías sentir tan cerca. Siento tus manos un poco frías y escucho tus ocurrencias casi infantiles, tu cabreo cuando te perdí el disco de Maná que contenía una canción que te empeñaste en que contaba nuestra historia. ¿Recuerdas las ostras con chocolate que nos prepararon en el Aquelarre, recién estrenadas sus tres estrellas Michelin? ¿Y el camino a Lourdes? Cubillo me había dicho que la Virgen era falsa, una señora con un bolso que apareció por allí, pero eso ni nombrártelo. Ya salgo de la foto y tu sonrisa continúa ahí, siguiéndome con la mirada a cualquier punto de la habitación. La nuestra será una separación breve; pronto vendrás a buscarme para llevarme, a través de la misma foto o de un camino ignoto, a un lugar mucho mejor en donde yo quiero estar contigo.
